viernes, 28 de noviembre de 2014

YO, RAMÒN EL BURRO. Juan Josè Bocaranda R






YO, RAMÓN EL BURRO
Juan Josè Bocaranda E

¡Aaaah!.!El gozo indescriptible de sentirse burro y de recibir el trato que ello merece!…
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La gente, yo lo sé, me tiene por bruto. Y yo mismo me lo creo. Estoy convencido de que lo soy.
La fama de bruto me la gané con creces desde que, en contra de mi voluntad, asistì a la escuela en mi pueblo de Yamevoy.
Estoy seguro de que si mi madre no se hubiese antojado de llevarme a la escuela -“para que no te quedes bruto”-,  no hubiese resultado con ese don. Porque a la larga, no ha dejado de ser un “don” para mì.

Les dirè por què.

En primer lugar, porque no hubiese tenido al alcance de la mano a una persona encargada de inculcarme, martillándomela todos los días, la idea de que era bruto: tal fue mi maestra Ofelia, a la que agradecerè por la eternidad esta deferencia. En segundo lugar, no hubiesen concurrido las circunstancias favorables al afianzamiento de esa idea, como lo fue la colaboración desinteresada de mis condiscípulos, quienes asumieron con la mayor seriedad la tarea de hacerme recordar, siempre y en todo lugar, que yo había nacido para burro.

No permanecí en la escuela más de tres meses. Pero, ese tiempo fue más que suficiente para que surtiera plenos efectos, en mi mente, en mi personalidad y en mi futuro, esa especie de cursillo intensivo o propedéutico que me impartió  la maestra Ofelia.

Quedé convencido de mi torpeza y de mi incapacidad, gracias a que la maestra era la primera en generar las burlas y las risas contra mí. Porque soltaba chistes, siempre de brutos, concediéndome el crédito de la brutalidad. No desperdiciaba ni un solo día para humillarme y atormentarme con el grito de “¡burro, burro, burro!”, con tal ensañamiento, persistencia, ardor, énfasis e intensidad, que logró convencerme de que yo era un burro; de que si bien me veía en el espejo una cara normal y me revisaba muy bien el cuerpo, y no tenía patas sino dos piernas, y pies y dos brazos con sus manos, y no tenía ni un taquito, pero ni un taquito de rabo, sin embargo yo era un burro. “Ramón el burro”, me bautizó esa madrina de la Educación Pública, digna de haber sido nombrada Ministra de Pedagogía. Y como “ Ramón el burro” me quedé para siempre.

Pero la cosa no fue fácil. Todas las noches tuve pesadillas: yo era un burro al que todos ofendían, del que todos se burlaban y al que todos explotaban. Era, en mis pesadillas, el burro del pueblo. Y me imponían cargas descomunales que  casi me convertían en un gusano, pues por poco tenía que arrastrar la panza por el suelo.

Me despertaba temblando, sudando frío, pero a la vez con un calor intenso. Y gemía, y lloraba y clamaba. Y tenía miedo de volverme a dormir. Y mi madre maldecía el día en que se le ocurrió llevarme a la escuela.
En la oscuridad del cuarto, espesa, pesada como una tela negra,  sentía pavor, y procuraba mirarme las manos, y cuando lograba verlas como fogonazos, era patas de burro  lo que veían mis ojos.

Pero, llegó una noche en que, milagrosamente, dejé de tener  pesadillas: abruptamente pasé a tener sueños de burro feliz, en los que me veía más gracioso y tierno que el burrito español llamado Platero.

Y los sueños eran tan intensos, tan intensos, que se hicieron realidad. Por eso, desde el día siguiente  pasé a ser un burro ensoñador. Y comencé a revolcarme entre las flores, el mastranto, la yerbabuena, la albahaca, la menta, el romero y el perejil de los jardines y de los campos, por lo que andaba  oliendo siempre a burro florecido.

Todos en el pueblo me buscaban, todos me querían. Hasta me gané el Premio Municipal de Ecología, porque depuraba el ambiente con mis burradas aromáticas. También me gané la gratitud del pueblo, porque me daba a recorrer las calles repartiendo aromas de alegría. Y visitaba el hospital y perfumaba a las enfermeras, quienes me llenaban de besos y me llamaban “burro consentido”. Y perfumaba a los enfermos, sobre todo a las parturientas, para que los niños salieran del recinto del más allá, perfumaditos y acicalados, de tal forma  que hasta los cordones umbilicales quedaban impregnados de esas delicias de Paraíso Terrenal.

Las enfermeras y las camareras se  llevaban  los cordones umbilicales a sus casas, como amuletos de la buena suerte, y los vendían a los turistas. O se los colgaban del cuello a las  hijas  para que atrajeran  novios por docenas.Y niñas, ¡felices!...Con tres o cuatro novios al mismo tiempo…(para ensayar infidelidades…).

Jamás hubo pueblo más feliz y lleno de alegría permanente, como Yamevoy, por  causa de un burro esplendoroso como yo. Yamevoy se saturó de tanto aroma de burro perfumado, que atrajo turistas  por millares, pues ¿quién no iba a cambiar durante unos días un ambiente hediondo a humo de carros, por un ambiente celestial?.

¡Ahhh! ¡Qué agradable sentirnos burros  por vocación, por gusto, por complacencia, porque nos nace, por felicidad!.  No a la fuerza, no por imposición, porque la violencia arranca los sueños y siembra las pesadillas.

Cuando llega el momento en que uno es burro por convencimiento,  uno se siente importante. Siente que ha venido a este mundo a dar, no a recibir. Desaparece el egoísmo, y nacen la generosidad esplendorosa y el sentido de colaboración y de solidaridad. Y como la paciencia es la virtud màs obvia  de los burros, se abre caminos a la santidad.

¡Si ustedes supieran lo que uno siente cuando es burro a plenitud! Seguramente me envidiarían y correrían a ver quién los consagra…

Por todo esto siempre me acuerdo de la maestra Ofelia. ¡!Quién iba a pensar que sus burradas pedagógicas podrían brindar resultados plausibles, elevados, dignos!!.  Gracias a esa catira fea, que me enseñó a ser burro.

Me acerco a los 65 años viviendo como burro, sintiendo como burro y pensando como piensan algunos burros. Y  asì he sido feliz, màs todavía cuando me vino en suerte hallar por los caminos de la vida una buena burra, que me diò varios burritos, también felizmente casados.

No quisiera llevarme a la tumba mis burradas. Ojalá alguien se inspire y escriba algunas líneas para perpetua memoria. Para que se sepa que hay maestras sensibles y atinadas y tierra fértil para las risotadas y las burlas creativas, sugerentes, que encaminan despertando vocaciones.

Ruego a las almas piadosas coloquen sobre mi tumba este epitafio: “Aquí yace Ramón el burro, hermano consanguíneo de la maestra Ofelia Piña”.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

"CIUDAD CORCOVA". Juan Josè Bocaranda E







“CIUDAD CORCOVA
Juan Josè Bocaranda E

Temerosos de que los atracaran y les arrebataran la joroba,  los jorobados decidieron fundar su propia ciudad que, claro está, sólo podía ser habitada por jorobados. Nació, así, “Ciudad Dromedaria” que algunos llamaban, simplemente, “La Dromedaria” y no pocos “La Corcovada”.

Tener una quinta o mansión en “La Dromedaria” otorgaba cachè y acrecentaba prestigio. Por ello los  nuevosricos viajaban al extranjero para implantarse brillantes jorobas,   con el mismo afán de novelerìa que animaba a las mujeres a sustituirse modestas copitas fipo frinè, por copones abundandantes y rebosantes como de vaconas holandesas.

“La Dromedaria”se anunciaba desde muy lejos porque la gran muralla estaba coronada, entre dos almenas y frente al puente levadizo, por una joroba descomunal, de hormigón armado, pintada con llamativos colores.

Durante la noche, la joroba-símbolo, fosforescente, se destacaba como  seria advertencia para los merodeadores, muchos de los cuales desaparecìan para siempre y sin dejar rastro.

Por las avenidas superiores de la muralla patrullaban las moto-jorobas,  de férrea disciplina militar y acendrado celo patriòtico.

El acceso a la ciudad estaba constituido por una sola puerta, custodiada por un ejército de samuráis jorobados, que sabían utilizar la joroba para propinar martillazos mortales.

Como la cosa prometía, algunos extraños se colocaban jorobas de plástico, pero eran descubiertos y castigados con penas cuadruplicadas, como lo merecen todos los tramposos, jorobados o no. Otros, más decididos, se practicaban costosas operaciones quirúrgicas para que les incorporaran las jorobas dejadas por los difuntos, si es que las dejaban, pues muchos estaban tan apegados a ellas, que se las llevaban al otro mundo para seguir con la buena suerte.

Para recibir el título universitario en Ciudad Corcova, era requisito indispensable que la joroba satisficiera exigencias mínimas de dimensión y elegancia, por lo cual en el acto de graduación se utilizaban togas escotadas que permitieran ver desnudas, a lo lejos, las jorobas lustrosas y felices, para complacencia y gozo de todos los presentes.

Para ser funcionario de carrera, era indispensable  cumplir con exigencias muy, pero muy especiales, relativas a las jorobas, cuyas características eran señaladas en manuales ultrasecretos que sólo “los privilegiados de la corcova” podían manejar.

Hubo una época en que por cuestiones de elegancia establecidas en los protocolos internacionales, se exigió a los graduandos proporción específica entre el volumen de  la joroba,  el volumen de la barriga y el volumen del nalgatorio. Pero, como no había suficientes nalgudos –aunque sí muchos barrigones- se dejó de lado esta meticulosidad antidemocrática.

En los “tribunales de la Corcova” los jueces medían los casos, no por razones, sino por torceduras. Por supuesto, la justicia también era jorobada. Es más: para todos ellos lo recto repugnaba, por esencia, a la razón. Y la razón les decía que  la rectitud estaba en la joroba, así como los sabiondos de la “Matemàtica Corcovada” afirmaban que la distancia más corta entre dos puntos era la joroba.

La alegoría de la justicia también fue modificada: la tradicional representación romana, en una señora tuerta y obesa, con una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha, sosteniéndose milagrosamente los fustanes,  fue reemplazada por la figura de una Miss moderna, hermosa, ligera de ropa, con amplia y brillante sonrisa, y con una joroba descomunal y digna, que contribuía a resaltarle la belleza.

Por otra parte, era de ver y de admirar  a los siempre interesados estudiantes de Derecho, en prosternación servil ante jueces y profesores cargados de jorobas bursátiles, a quienes prometìan emular en sobajamientos protocolares y diplomàticos.

Una escribiente, estudiante de Derecho, provista de una formidable joroba, llegó a decir en voz alta que ganaba más dinero que el juez porque escondía los expedientes en el extremo sur de la corcova, hecho que, desde ya, le generaba cuantiosos emolumentos.

La corrupción, la perversión, la injusticia, la traición y muchas otras virtudes democráticas, se sembraron y se extendieron como una enredadera fatal en La Corcova.


Una noche, una enorme y furiosa tormenta de arena dejó sepultada para siempre la ciudad de los jorobados, bajo cuyas cenizas yacen hoy los cadáveres de sus habitantes en las posiciones màs abyectas e inverosímiles. Entre el polvo sobresale  una parte de la joroba de hormigón que una vez fuera el orgullo de los jorobados, yo uno de ellos…