YO, RAMÓN EL BURRO
Juan Josè Bocaranda E
¡Aaaah!.!El gozo indescriptible de sentirse burro y de recibir el trato que ello merece!…
***
La gente, yo lo sé, me tiene por bruto. Y yo mismo me
lo creo. Estoy convencido de que lo soy.
La fama de bruto me la gané con creces desde que, en
contra de mi voluntad, asistì a la escuela en mi pueblo de Yamevoy.
Estoy seguro de que si mi madre no se hubiese antojado
de llevarme a la escuela -“para que no te quedes bruto”-, no hubiese resultado con ese don. Porque a la
larga, no ha dejado de ser un “don” para mì.
Les dirè por què.
En primer lugar, porque no hubiese tenido al alcance
de la mano a una persona encargada de inculcarme, martillándomela todos los
días, la idea de que era bruto: tal fue mi maestra Ofelia, a la que agradecerè
por la eternidad esta deferencia. En segundo lugar, no hubiesen concurrido las
circunstancias favorables al afianzamiento de esa idea, como lo fue la
colaboración desinteresada de mis condiscípulos, quienes asumieron con la mayor
seriedad la tarea de hacerme recordar, siempre y en todo lugar, que yo había
nacido para burro.
No permanecí en la escuela más de tres meses. Pero,
ese tiempo fue más que suficiente para que surtiera plenos efectos, en mi
mente, en mi personalidad y en mi futuro, esa especie de cursillo intensivo o
propedéutico que me impartió la maestra
Ofelia.
Quedé convencido de mi torpeza y de mi incapacidad,
gracias a que la maestra era la primera en generar las burlas y las risas
contra mí. Porque soltaba chistes, siempre de brutos, concediéndome el crédito
de la brutalidad. No desperdiciaba ni un solo día para humillarme y
atormentarme con el grito de “¡burro, burro, burro!”, con tal ensañamiento,
persistencia, ardor, énfasis e intensidad, que logró convencerme de que yo era
un burro; de que si bien me veía en el espejo una cara normal y me revisaba muy
bien el cuerpo, y no tenía patas sino dos piernas, y pies y dos brazos con sus
manos, y no tenía ni un taquito, pero ni un taquito de rabo, sin embargo yo era
un burro. “Ramón el burro”, me bautizó esa madrina de la Educación Pública,
digna de haber sido nombrada Ministra de Pedagogía. Y como “ Ramón el burro” me
quedé para siempre.
Pero la cosa no fue fácil. Todas las noches tuve
pesadillas: yo era un burro al que todos ofendían, del que todos se burlaban y
al que todos explotaban. Era, en mis pesadillas, el burro del pueblo. Y me
imponían cargas descomunales que
casi me convertían en un gusano, pues por poco tenía que arrastrar la
panza por el suelo.
Me despertaba temblando, sudando frío, pero a la vez
con un calor intenso. Y gemía, y lloraba y clamaba. Y tenía miedo de volverme a
dormir. Y mi madre maldecía el día en que se le ocurrió llevarme a la escuela.
En la oscuridad del cuarto, espesa, pesada como una
tela negra, sentía pavor, y procuraba
mirarme las manos, y cuando lograba verlas como fogonazos, era patas de
burro lo que veían mis ojos.
Pero, llegó una noche en que, milagrosamente, dejé de
tener pesadillas: abruptamente pasé a
tener sueños de burro feliz, en los que me veía más gracioso y tierno que el
burrito español llamado Platero.
Y los sueños eran tan intensos, tan intensos, que se
hicieron realidad. Por eso, desde el día siguiente pasé a ser un burro ensoñador. Y comencé a
revolcarme entre las flores, el mastranto, la yerbabuena, la albahaca, la
menta, el romero y el perejil de los jardines y de los campos, por lo que
andaba oliendo siempre a burro florecido.
Todos en el pueblo me buscaban, todos me querían.
Hasta me gané el Premio Municipal de Ecología, porque depuraba el ambiente con
mis burradas aromáticas. También me gané la gratitud del pueblo, porque me daba
a recorrer las calles repartiendo aromas de alegría. Y visitaba el hospital y
perfumaba a las enfermeras, quienes me llenaban de besos y me llamaban “burro
consentido”. Y perfumaba a los enfermos, sobre todo a las parturientas, para
que los niños salieran del recinto del más allá, perfumaditos y acicalados, de
tal forma que hasta los cordones
umbilicales quedaban impregnados de esas delicias de Paraíso Terrenal.
Las enfermeras y las camareras se llevaban
los cordones umbilicales a sus casas, como amuletos de la buena suerte,
y los vendían a los turistas. O se los colgaban del cuello a las hijas
para que atrajeran novios por
docenas.Y niñas, ¡felices!...Con tres o cuatro novios al mismo tiempo…(para
ensayar infidelidades…).
Jamás hubo pueblo más feliz y lleno de alegría
permanente, como Yamevoy, por causa de
un burro esplendoroso como yo. Yamevoy se saturó de tanto aroma de burro perfumado,
que atrajo turistas por millares, pues
¿quién no iba a cambiar durante unos días un ambiente hediondo a humo de
carros, por un ambiente celestial?.
¡Ahhh! ¡Qué agradable sentirnos burros por vocación, por gusto, por complacencia,
porque nos nace, por felicidad!. No a la
fuerza, no por imposición, porque la violencia arranca los sueños y siembra las
pesadillas.
Cuando llega el momento en que uno es burro por
convencimiento, uno se siente
importante. Siente que ha venido a este mundo a dar, no a recibir. Desaparece
el egoísmo, y nacen la generosidad esplendorosa y el sentido de colaboración y
de solidaridad. Y como la paciencia es la virtud màs obvia de los burros, se abre caminos a la santidad.
¡Si ustedes supieran lo que uno siente cuando es burro
a plenitud! Seguramente me envidiarían y correrían a ver quién los consagra…
Por todo esto siempre me acuerdo de la maestra Ofelia.
¡!Quién iba a pensar que sus burradas pedagógicas podrían brindar resultados
plausibles, elevados, dignos!!. Gracias
a esa catira fea, que me enseñó a ser burro.
Me acerco a los 65 años viviendo como burro, sintiendo
como burro y pensando como piensan algunos burros. Y asì he sido feliz, màs todavía cuando me vino
en suerte hallar por los caminos de la vida una buena burra, que me diò varios
burritos, también felizmente casados.
No quisiera llevarme a la tumba mis burradas. Ojalá
alguien se inspire y escriba algunas líneas para perpetua memoria. Para que se
sepa que hay maestras sensibles y atinadas y tierra fértil para las risotadas y
las burlas creativas, sugerentes, que encaminan despertando vocaciones.
Ruego a las almas piadosas coloquen sobre mi tumba
este epitafio: “Aquí yace Ramón el burro,
hermano consanguíneo de la maestra Ofelia Piña”.