viernes, 28 de noviembre de 2014

YO, RAMÒN EL BURRO. Juan Josè Bocaranda R






YO, RAMÓN EL BURRO
Juan Josè Bocaranda E

¡Aaaah!.!El gozo indescriptible de sentirse burro y de recibir el trato que ello merece!…
                                              ***

La gente, yo lo sé, me tiene por bruto. Y yo mismo me lo creo. Estoy convencido de que lo soy.
La fama de bruto me la gané con creces desde que, en contra de mi voluntad, asistì a la escuela en mi pueblo de Yamevoy.
Estoy seguro de que si mi madre no se hubiese antojado de llevarme a la escuela -“para que no te quedes bruto”-,  no hubiese resultado con ese don. Porque a la larga, no ha dejado de ser un “don” para mì.

Les dirè por què.

En primer lugar, porque no hubiese tenido al alcance de la mano a una persona encargada de inculcarme, martillándomela todos los días, la idea de que era bruto: tal fue mi maestra Ofelia, a la que agradecerè por la eternidad esta deferencia. En segundo lugar, no hubiesen concurrido las circunstancias favorables al afianzamiento de esa idea, como lo fue la colaboración desinteresada de mis condiscípulos, quienes asumieron con la mayor seriedad la tarea de hacerme recordar, siempre y en todo lugar, que yo había nacido para burro.

No permanecí en la escuela más de tres meses. Pero, ese tiempo fue más que suficiente para que surtiera plenos efectos, en mi mente, en mi personalidad y en mi futuro, esa especie de cursillo intensivo o propedéutico que me impartió  la maestra Ofelia.

Quedé convencido de mi torpeza y de mi incapacidad, gracias a que la maestra era la primera en generar las burlas y las risas contra mí. Porque soltaba chistes, siempre de brutos, concediéndome el crédito de la brutalidad. No desperdiciaba ni un solo día para humillarme y atormentarme con el grito de “¡burro, burro, burro!”, con tal ensañamiento, persistencia, ardor, énfasis e intensidad, que logró convencerme de que yo era un burro; de que si bien me veía en el espejo una cara normal y me revisaba muy bien el cuerpo, y no tenía patas sino dos piernas, y pies y dos brazos con sus manos, y no tenía ni un taquito, pero ni un taquito de rabo, sin embargo yo era un burro. “Ramón el burro”, me bautizó esa madrina de la Educación Pública, digna de haber sido nombrada Ministra de Pedagogía. Y como “ Ramón el burro” me quedé para siempre.

Pero la cosa no fue fácil. Todas las noches tuve pesadillas: yo era un burro al que todos ofendían, del que todos se burlaban y al que todos explotaban. Era, en mis pesadillas, el burro del pueblo. Y me imponían cargas descomunales que  casi me convertían en un gusano, pues por poco tenía que arrastrar la panza por el suelo.

Me despertaba temblando, sudando frío, pero a la vez con un calor intenso. Y gemía, y lloraba y clamaba. Y tenía miedo de volverme a dormir. Y mi madre maldecía el día en que se le ocurrió llevarme a la escuela.
En la oscuridad del cuarto, espesa, pesada como una tela negra,  sentía pavor, y procuraba mirarme las manos, y cuando lograba verlas como fogonazos, era patas de burro  lo que veían mis ojos.

Pero, llegó una noche en que, milagrosamente, dejé de tener  pesadillas: abruptamente pasé a tener sueños de burro feliz, en los que me veía más gracioso y tierno que el burrito español llamado Platero.

Y los sueños eran tan intensos, tan intensos, que se hicieron realidad. Por eso, desde el día siguiente  pasé a ser un burro ensoñador. Y comencé a revolcarme entre las flores, el mastranto, la yerbabuena, la albahaca, la menta, el romero y el perejil de los jardines y de los campos, por lo que andaba  oliendo siempre a burro florecido.

Todos en el pueblo me buscaban, todos me querían. Hasta me gané el Premio Municipal de Ecología, porque depuraba el ambiente con mis burradas aromáticas. También me gané la gratitud del pueblo, porque me daba a recorrer las calles repartiendo aromas de alegría. Y visitaba el hospital y perfumaba a las enfermeras, quienes me llenaban de besos y me llamaban “burro consentido”. Y perfumaba a los enfermos, sobre todo a las parturientas, para que los niños salieran del recinto del más allá, perfumaditos y acicalados, de tal forma  que hasta los cordones umbilicales quedaban impregnados de esas delicias de Paraíso Terrenal.

Las enfermeras y las camareras se  llevaban  los cordones umbilicales a sus casas, como amuletos de la buena suerte, y los vendían a los turistas. O se los colgaban del cuello a las  hijas  para que atrajeran  novios por docenas.Y niñas, ¡felices!...Con tres o cuatro novios al mismo tiempo…(para ensayar infidelidades…).

Jamás hubo pueblo más feliz y lleno de alegría permanente, como Yamevoy, por  causa de un burro esplendoroso como yo. Yamevoy se saturó de tanto aroma de burro perfumado, que atrajo turistas  por millares, pues ¿quién no iba a cambiar durante unos días un ambiente hediondo a humo de carros, por un ambiente celestial?.

¡Ahhh! ¡Qué agradable sentirnos burros  por vocación, por gusto, por complacencia, porque nos nace, por felicidad!.  No a la fuerza, no por imposición, porque la violencia arranca los sueños y siembra las pesadillas.

Cuando llega el momento en que uno es burro por convencimiento,  uno se siente importante. Siente que ha venido a este mundo a dar, no a recibir. Desaparece el egoísmo, y nacen la generosidad esplendorosa y el sentido de colaboración y de solidaridad. Y como la paciencia es la virtud màs obvia  de los burros, se abre caminos a la santidad.

¡Si ustedes supieran lo que uno siente cuando es burro a plenitud! Seguramente me envidiarían y correrían a ver quién los consagra…

Por todo esto siempre me acuerdo de la maestra Ofelia. ¡!Quién iba a pensar que sus burradas pedagógicas podrían brindar resultados plausibles, elevados, dignos!!.  Gracias a esa catira fea, que me enseñó a ser burro.

Me acerco a los 65 años viviendo como burro, sintiendo como burro y pensando como piensan algunos burros. Y  asì he sido feliz, màs todavía cuando me vino en suerte hallar por los caminos de la vida una buena burra, que me diò varios burritos, también felizmente casados.

No quisiera llevarme a la tumba mis burradas. Ojalá alguien se inspire y escriba algunas líneas para perpetua memoria. Para que se sepa que hay maestras sensibles y atinadas y tierra fértil para las risotadas y las burlas creativas, sugerentes, que encaminan despertando vocaciones.

Ruego a las almas piadosas coloquen sobre mi tumba este epitafio: “Aquí yace Ramón el burro, hermano consanguíneo de la maestra Ofelia Piña”.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

"CIUDAD CORCOVA". Juan Josè Bocaranda E







“CIUDAD CORCOVA
Juan Josè Bocaranda E

Temerosos de que los atracaran y les arrebataran la joroba,  los jorobados decidieron fundar su propia ciudad que, claro está, sólo podía ser habitada por jorobados. Nació, así, “Ciudad Dromedaria” que algunos llamaban, simplemente, “La Dromedaria” y no pocos “La Corcovada”.

Tener una quinta o mansión en “La Dromedaria” otorgaba cachè y acrecentaba prestigio. Por ello los  nuevosricos viajaban al extranjero para implantarse brillantes jorobas,   con el mismo afán de novelerìa que animaba a las mujeres a sustituirse modestas copitas fipo frinè, por copones abundandantes y rebosantes como de vaconas holandesas.

“La Dromedaria”se anunciaba desde muy lejos porque la gran muralla estaba coronada, entre dos almenas y frente al puente levadizo, por una joroba descomunal, de hormigón armado, pintada con llamativos colores.

Durante la noche, la joroba-símbolo, fosforescente, se destacaba como  seria advertencia para los merodeadores, muchos de los cuales desaparecìan para siempre y sin dejar rastro.

Por las avenidas superiores de la muralla patrullaban las moto-jorobas,  de férrea disciplina militar y acendrado celo patriòtico.

El acceso a la ciudad estaba constituido por una sola puerta, custodiada por un ejército de samuráis jorobados, que sabían utilizar la joroba para propinar martillazos mortales.

Como la cosa prometía, algunos extraños se colocaban jorobas de plástico, pero eran descubiertos y castigados con penas cuadruplicadas, como lo merecen todos los tramposos, jorobados o no. Otros, más decididos, se practicaban costosas operaciones quirúrgicas para que les incorporaran las jorobas dejadas por los difuntos, si es que las dejaban, pues muchos estaban tan apegados a ellas, que se las llevaban al otro mundo para seguir con la buena suerte.

Para recibir el título universitario en Ciudad Corcova, era requisito indispensable que la joroba satisficiera exigencias mínimas de dimensión y elegancia, por lo cual en el acto de graduación se utilizaban togas escotadas que permitieran ver desnudas, a lo lejos, las jorobas lustrosas y felices, para complacencia y gozo de todos los presentes.

Para ser funcionario de carrera, era indispensable  cumplir con exigencias muy, pero muy especiales, relativas a las jorobas, cuyas características eran señaladas en manuales ultrasecretos que sólo “los privilegiados de la corcova” podían manejar.

Hubo una época en que por cuestiones de elegancia establecidas en los protocolos internacionales, se exigió a los graduandos proporción específica entre el volumen de  la joroba,  el volumen de la barriga y el volumen del nalgatorio. Pero, como no había suficientes nalgudos –aunque sí muchos barrigones- se dejó de lado esta meticulosidad antidemocrática.

En los “tribunales de la Corcova” los jueces medían los casos, no por razones, sino por torceduras. Por supuesto, la justicia también era jorobada. Es más: para todos ellos lo recto repugnaba, por esencia, a la razón. Y la razón les decía que  la rectitud estaba en la joroba, así como los sabiondos de la “Matemàtica Corcovada” afirmaban que la distancia más corta entre dos puntos era la joroba.

La alegoría de la justicia también fue modificada: la tradicional representación romana, en una señora tuerta y obesa, con una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha, sosteniéndose milagrosamente los fustanes,  fue reemplazada por la figura de una Miss moderna, hermosa, ligera de ropa, con amplia y brillante sonrisa, y con una joroba descomunal y digna, que contribuía a resaltarle la belleza.

Por otra parte, era de ver y de admirar  a los siempre interesados estudiantes de Derecho, en prosternación servil ante jueces y profesores cargados de jorobas bursátiles, a quienes prometìan emular en sobajamientos protocolares y diplomàticos.

Una escribiente, estudiante de Derecho, provista de una formidable joroba, llegó a decir en voz alta que ganaba más dinero que el juez porque escondía los expedientes en el extremo sur de la corcova, hecho que, desde ya, le generaba cuantiosos emolumentos.

La corrupción, la perversión, la injusticia, la traición y muchas otras virtudes democráticas, se sembraron y se extendieron como una enredadera fatal en La Corcova.


Una noche, una enorme y furiosa tormenta de arena dejó sepultada para siempre la ciudad de los jorobados, bajo cuyas cenizas yacen hoy los cadáveres de sus habitantes en las posiciones màs abyectas e inverosímiles. Entre el polvo sobresale  una parte de la joroba de hormigón que una vez fuera el orgullo de los jorobados, yo uno de ellos…

lunes, 22 de septiembre de 2014



EL EQUILIBRIO

LA LOGICA DEL TENER

Juan José Bocaranda E

Valdría la pena hacer esta encuesta: ¿qué prefiere Ud: ser bondadoso, justo, generoso, servicial, colaborador, sensible, humanitario, solidario, o tener mucho dinero,  fábricas, haciendas, barcos, camiones,  quintas y apartamentos lujosos? ¿Para Ud. es lo mismo “ser” que  “tener”?

“Ser” es una identificación plena entre el sujeto que se esfuerza y los valores que adquiere. Todo lo que la persona realiza en función del bien, se incorpora a su ser y lo enriquece: te enrique y se incorpora a tu ser, tu bondad, tu generosidad, tu espíritu de servicio, comprensión y colaboración para con los demás. Al final, eres un ser superior, más completo, más valioso. El ser inicial, diamante en bruto, deviene y se transmuta en precioso diamante, a través del bien que realice.  El hecho de esta integración, en un ser ahora pleno, genera la inseparabilidad, de tal forma que nada ni nadie puede romper esa unidad. De esta manera se cumple lo que los metafísicos vieron hace siglos: que el ser es uno. Por consiguiente, todo lo que el ser “es”, va con él y le acompaña aun más allá de la muerte, sin que nadie pueda evitarlo…Jesús dice: juntad tesoros  en el Cielo, donde ni la polilla ni el óxido pueden destruirlos, ni los ladrones cargar con ellos. El ser es in-apropiable por otro. Nadie, ni siquiera Dios, te lo puede arrebatar. El “ser” te da, no te quita; te hace libre, no te esclaviza; te brinda satisfacciones, no te atormenta.

“Tener”, por el contrario, es una correlación entre el sujeto poseedor y el objeto poseído. El sujeto que posee, cree y afirma ser libre, pero en realidad no lo es,  porque, en el fondo,  hay una subordinación del sujeto respecto al objeto, con el agravante de que la persona poseedora  es en realidad poseída, lo cual es tanto más absurdo cuanto se da  que un ser humano se supedita  a un objeto, a un coroto, a un trasto, a un artefacto, a un ente inanimado, a una máquina, anulando así su libertad.

Cuando el ser humano se preocupa por tener y no por “ser”, atesora bienes y riquezas materiales que, como dice Jesús, son presa del moho,  de la polilla y de los ladrones.

Así, pues, en todo “tener” subyace la separabilidad: de un momento a otro puede romperse la correlación. Entonces el sujeto queda solo, desnudo, desposeído, pobre. Queda como un ser insignificante, sin valor. Porque lo que él creía que cobijaba su valor (tener), no le ha garantizado nada. Era algo postizo, artificial, transitorio. Es como el que pasea orondo y esponjado porque tiene una casa flamante y palaciega, en la playa. Y en ese hecho funda su “valer”, en ello se fundan su prestigio y el presunto motivo de aprecio que le manifiestan sus amigos. Pero, de pronto, se le viene encima el gigantesco tren desbocado de un tsunami, que barre con la casa, la desbarata en un instante, y disgrega sus despojos  tierra adentro. Cuando le dan la noticia al “dueño de nada”, siente que se desmorona, que se lo lleva una creciente, que en realidad no vale absolutamente nada, porque lo que le llenaba, aparentemente, ha dejado de existir. Por eso se le ve desinflado como fantasma en derrota. La separabilidad entre el orondo sujeto y el objeto inestable, se ha producido, y nadie puede dar marcha atrás. Lo separable es una amenaza de ruina prometida  y  de nada y de vacío.

Pero, además de la separabilidad, la subordinación: “tienes”, por ejemplo, un automóvil. De una forma u otra, estás a su servicio las veinticuatro horas del día, sin descanso. Desde que lo retiraste de la agencia comenzó a exigirte y a imponerte cargas: las mensualidades, el seguro y los seguros, el aseo, el mantenimiento, que se condúceme con cuidado, que si sigue por aquí, que si gira allá, que si detente aquí, que …que preocúpate por mi seguridad, busca dónde estacionarme y paga por ello… En fin, eres mi esclavo, estás a mi servicio. Yo, simplemente, te llevo y te traigo.


Y así, sea cual sea el objeto, perol, coroto o artefacto que “tengas”: él te tiene a ti. No tú a él. Y eso no es libertad…Luego ¿qué hacer? ¿Andar en cueros? ¿Irse a vivir en una cueva? No. Sólo saber “tener”: con consciencia de desapego…y no olvidarse del “ser” para atesorarlo y enriquecerlo…

viernes, 19 de septiembre de 2014

EL GRAN SECRETO DE LA PERVIVENCIA DEL MATRIMONIO. Juan Josè Bocaranda E

EL GRAN SECRETO DE LA PERVIVENCIA DEL MATRIMONIO

Juan Josè Bocaranda E

Volviendo a nuestra amiga “Marianela”. Leamos lo que ella dice en sus “Cronicas” respecto a la pervivencia del matrimonio. Lo  que  podríamos llamar “el gran secreto” de una larga duración del matrimonio.
Escribe:
Para que un matrimonio mantenga unida a la pareja tanto como dure la vida de ellos, es preciso “saber convivir”.
La dulzura es la cualidad esencial de la mujer. Cuando su palabra es suave, quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un hogar, algo absurdo y horrible.
Uno de los siete sabios de Grecia decía que sin un carácter dulce, es como si las demás buenas cualidades de una mujer no existiesen. Porque nada valen de por sì ni la inteligencia, ni la buena educación, mucho menos la dote, si no està presente la dulzura.
Al lado de una mujer dulce todo es grato, mientras que al lado de una mujer irascible todo es amargo. La belleza es seductora, la espiritualidad y el donaire son atrayentes. Pero la dulzura es la que màs retiene al hombre, si se tiene en cuenta que la felicidad del matrimonio està en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer. Madame Neker decía a sus amigas que “las palabras ofenden màs que las acciones, el tono màs que las palabras y el aire màs que el tono. Sean nuestras palabras  como nuestros brazos en las horas de deliquio: suaves, blandas, dòciles. Yo, como mujer gusto mucho de oir hablar a los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad femenina.
“Pastaflora” implica bondad, resignación, avenimiento a todas las circunstancias, tolerancia y encantadora docilidad,
Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una voluntad fuerte, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín. Para la mujer, ceder es conseguir—siempre que el marido sea tierno, delicado y comprensivo.
Jamás la mujer—y esto es importantísimo—debe herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada. Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido.
No debe mantenerse contradicción en cosas sin importancia. Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento—la misma palabra lo dice—es el sentimiento más perenne, de más triste duración.
La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorable de la vida conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces insustanciales.
Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un filósofo—claro que un filósofo feminista—el divorcio es la disolución de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los nuestros, también él—si no es una mala persona—quitará los suyos, despejando así el camino de la dicha.

Vivir es ya un milagro; no depende de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso otorgarnos.

Sólo insistiré, para concluir, en que el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, más permanente.

  ¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber convivido. Reflexionad sobre esto...

jueves, 18 de septiembre de 2014

EL AMOR Y EL CARIÑO EN EL MATRIMONIO. Juan Josè Bocaranda E

EL ABRAZO


EL AMOR Y EL CARIÑO EN EL MATRIMONIO
Juan Josè Bocaranda E

El amor ha sido exaltado en demasìa. Sin embargo, es una llama que se mantiene sòlo en la medida en que dure el combustible que lo alimenta,  que es el entusiasmo. Asì, pues, cuando se contrae matrimonio en esta “temperatura”, los novios están  ensimismados, embelesados, como girando entre las nubes, saturados por una sensación de felicidad inconmensurable... Pero, cuando despierten después de una luna de miel decreciente, comenzaràn a ver la realidad con toda su dureza y, a medida que transcurra el tiempo, llegaràn la frialdad…y hasta el  divorcio. Por esto se ha dicho muchas veces que “la tumba del amor es el matrimonio”.
No obstante, existe un medio para que se salve el matrimonio sin amor: es la existencia del cariño, que, a diferencia del amor con sus llamaradas, sus efervescencias y sus ráfagas, es permanente.
En esta oportunidad vamos a ceder la palabra a “Marianela” con sus “Crònicas”. Gran escritora, inteligente, penetrante, pràctica y matrimonialmente experimentada, estamos seguros de que los lectores acogerán su opinión respecto al cariño en forma reflexiva,

Escribe Marianela que “el amor no tiene màs que una salvación: el cariño”, sentimiento “mucho màs fundamental y sòlido que el amor”. Porque “el amor es la llama; quizás no pase de una fogata fugaz”, mientras que “el cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la mutua adhesión, del  perdón mutuo, de la recìproca tolerancia, de los comunes gozos y sufrimientos, de las alegrìas conjuntas y de la fusión de las almas”.

Agrega Marianela que el tedio es vencido, siempre, por el tedio, mientras que “el cariño no tiene enemigo que lo venza, porque està apoyado en el sentimiento de convivencia” y “vale màs, mucho màs, el calor del rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en rescoldo, sòlo quedan de ella frìas cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los sentidos…”

En conclusión el medio para conservar el matrimonio cuando ya no quede amor, es el cariño. Y el secreto del buen matrimonio es “saber convivir”.

martes, 16 de septiembre de 2014

RADIESTESIA Y REALIDAD. Juan Josè Bocaranda E



EL PÈNDULO


RADIESTESIA Y REALIDAD
Juan Josè Bocaranda E


Era un sujeto que sabìa arreglárselas para salir en televisión con excesiva frecuencia. Todo un “Aventokles”. Fantasmón y espetado como los mediocres llenos de engreimiento. Por las dimensiones de su aventamiento protocolar, cualquiera diría que era un genio redivivo y portentoso, el non plus ultra de la humanidad. Pero, ¿còmo establecer si el tipo era realmente tan inteligente como pretendía dar a entender con sus frases hechas, con sus discursos incoherentes,  con su gala de fingida sapiencia, con su gesticulación simiesca y sus poses de Mussolini? Bien era cierto que poseìa título universitario. Pero, ¿es ello suficiente para demostrar que una persona es inteligente? Nada. Acudimos a nuestro “quièn es quièn”: la Radiestesia. Para conocer la respuesta, tomamos un péndulo y el Libro de Cuadrantes y ubicamos el gràfico que algunos llaman “El reloj de la inteligencia”.

En “el cuadrante de la inteligencia”, aparece un cìrculo dividido en tres sectores: el de la derecha, lado superior, corresponde la “debilidad mental”; el inferior del lado derecho, que se extiende hacia el lado izquierdo, se refiere a la “inteligencia sana”; y el sector superior del lado izquierdo, al  “talento genial”. En el sector de la “debilidad mental”, existen estos grados: idiotez, imbecilidad, debilidad mental y limitación mental. En el sector “ inteligencia sana”: pseudointeligencia, inteligencia, inteligencia veloz e inteligencia intuitiva. En el sector “talento genial”: genio técnico, genio artístico, genio especulativo y genio universal.

Colocamos debidamente en el centro del cìrculo nuestro péndulo, que gira durante breve tiempo; comienza a tender hacia el sector de la “inteligencia sana”, y se cuela entre el 4 y el 5, es decir, en el grado de la “pseudointeligencia”. Todo, es, pues, en aquel sujeto, apariencia, vistosidad, engreimiento, petulancia y verbosidad.  ¡Ah! y una buena dosis de blandenguerías ante ciertas personas que no se dan cuenta de que las utilizan… Y nada màs.

Esto nos hace recordar a un compañero de residencia, venido de un país del sur, que se inscribió en la Escuela de Biblioteconomìa (ahora, Bibliotecologìa)  de la UCV y quien, para simular una inteligencia que ciertamente le faltaba, se metìa en el “caletre” el índice de los libros y  algunos párrafos del pròlogo, para hacer gala de sapiencia y de erudición en los exámenes. Como no faltan profesores estólidos, de èsos que se dejan encandilar, obtenìa tan altas calificaciones que le hubiesen podido encumbrar a Director de la Biblioteca Vaticana, si fuese que también por allà se dejan impresionar por las apariencias…

¡Y què decir cuando se trata de los políticos! No en pocas ocasiones, cuando “radiestesiamos” a alguno de ellos, nos da como resultado el grado de “imbecilidad”, lo cual no es difícil establecer, aun sin péndulo ni cuadrante, si se tiene en cuenta la estupidez de sus razonamientos, la desubicación de sus afirmaciones y el infaltable recurso a la argumentación ad hominem en la que tanto incurren para desviar la atención, atacando, no las razones de los contrincantes, sino su conducta personal, pretendiendo descalificarlos como homosexuales, cornudos o hijos de la gran reputación. Por esto, para nosotros, como convicción personal, el instrumento màs preciso y universal es el péndulo radiestésico, pues bien manejado suministra información valiosa, contribuyendo a desenmascarar a tanto pseudointeligente que anda por allì presumiendo y apartando a codazos, sin imaginar que hay personas que con un simple peso oscilante pueden  descubrirles hasta sus màs íntimos secretos.

¡Conòcelos bien!, nos grita el péndulo desde su clavito. Y nosotros, antes de ir a los comicios y cuando les oímos desgañitarse en las campañas electorales, les medimos el porcentaje de sus virtudes y de sus vicios, de su sinceridad o de su espíritu falaz, de su amor a la paz o de su inclinación a la violencia, de su egoísmo disimulado o de su corazòn usurero, de su bondad aparente o de su maldad innata, de su demagogia o de su sinceridad, de su pretendido patriotismo o de su disposición a la entrega de la Patria. Porque siquiera de este derecho a la indagación debemos disfrutar los pobres votantes, continuamente engañados por los pseudointeligentes, los pseudosapientes, los pseudos moralistas y los pseudopatriotas.


jueves, 11 de septiembre de 2014

ANTIPARABÒLICA DEL JUEZ DE LA PUERTA. Juan Josè Bocaranda E

ANTIPARABÒLICAS

                                  EL ODIO GRATUITO

MUCHO MÀS ALLÀ DE LA PUERTA
Juan Josè Bocaranda E


Una tarde dijo el Maestro a sus discìpulos:
-Nadie, salvo  el propio Dios, puede conocer los designios de Dios.
Un abogado fue nombrado juez de un humilde municipio de provincia, cuyo nombre oficial era "La Puerta". Sus enemigos gratuitos, que eran numerosos, lanzaron y mantuvieron una especie de consigna, de vaticinio, de miserable deseo de fracaso y humillaciòn, diciendo por doquier:
-XX jamàs pasarà de la puerta.
Pocos años despuès, por cuestiones del destino, XX pasò a ejercer cargos docentes y judiciales de alto nivel, hasta que se jubilò, porque quiso y cuando quiso. No sòlo "pasò de la puerta", sino que tambièn tomò asiento en la sala y fue al comedor, donde pudo degustar los mejores platos de la casa, hasta que se hartò. Mientras tanto, sus enemigos fueron cayendo como hojas secas y murieron sin haber logrado "pasar de la puerta".
Nadie, salvo el propio Dios, puede conocer los designios de Dios.

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