lunes, 29 de diciembre de 2014

EL VERDADERO VALOR. Juan Josè Bocaranda E


EL VERDADERO VALER
Juan Josè Bocaranda E

En la vida diaria las personas suelen identificarse con sus circunstancias, con lo transitorio. El mèdico se identifica a sì mismo como mèdico. El abogado, como abogado. El comerciante, como comerciante. Cuando en realidad todo ello es cambiante, pasajero, prestado y hasta accidental. Porque aquèl es mèdico, pero pudo no haberlo sido por una u otra causa o motivo. El segundo es abogado. Pero pudo haber sido panadero o talabartero, y no abogado. Y el comerciante es comerciante. Pero pudo haber sido sacerdote o profesor. En fin, muy pocos seres humanos se identifican con su propio ser, con su ser interno, con su realidad interna. Por eso, al abogado que se aferra a su título, al mèdico que se aferra al suyo,  al comerciante que se aferra a sus bienes, a su tienda, a su almacenes, es preciso recordarles: todo es transitorio, todo pasa, todo fenece. Viene un tsunami, y todo lo barre. Y si te salvas porque corres a tiempo, después veràs còmo todo ha desaparecido, tu casa, tus almacenes, tus mercancías, tu caja registradora, tus documentos y hasta el banco donde conservabas tu dinero, tus joyas y tus títulos de propiedad. Si eres ingeniero y no puedes ejercer la profesión por alguna causa, ¿dejas por ello de ser hombre? ¿Dejas de tener alma y espíritu?.
En 1982 conocimos a un señor que había perdido en Polonia todo, todo, por causa de las bombas: familia, bienes, documentos. Nada probaba que había sido mèdico, graduado en una de las mejores Universidades. Ni siquiera podía probar que habìa cursado Educaciòn Primaria. Llegò a Venezuela y fue a parar al pueblo donde ejercíamos como juez de municipio. Era el mèdico rural. Nos hicimos amigos. Excelente persona. Y no por haber perdido todo se sintió perdido también èl. No. Portaba en sì la gran semilla de su propio ser, de su ser humano, de su ser interior, y recomenzó la vida. Porque su ser no dependìa de ningún título, de ninguna circunstancia, de nada ajeno a su propio valer. No se echò a morir. Recurriò a su propio valer ìntimo, y resurgió mediante un nuevo comienzo. Actuò con verdadera sabiduría. Se propuso estudiar de nuevo desde el principio, cuando  llegó a Venezuela en 1946, y escalòn tras escalòn, pudo graduarse de mèdico.

Cuando un persona  ha quedado sin empleo,  o ha tenido que cerrar el establecimiento comercial por falta de ingresos, por no poder pagar tan altos alquileres, o cuando ha tenido que retirar del colegio a los hijos,  en fin, cuando las circunstancias se le hayan tornado adversas, debe recordar que lleva dentro la gran semilla del ser. Debe recurrir a ese convencimiento y extraer fuerzas de su verdadero esencia. No nació comerciante: se hizo comerciante. Y asì como no lo era y llegó a serlo, ahora no lo es. Luego ser comerciante no pertenece a su esencia de hombre. Por lo tanto, debe apoyarse y sacar fuerzas de su ser verdadero. Nosotros no podríamos decirle còmo. Pero sì podemos recordarle algo: que debe recurrir a su propio ser. Quien actùa con este nivel de consciencia manifiesta verdadera sabiduría y renace.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

EL ABRACITO DEL PAN Y DEL AMOR. Juan Josè Bocaranda E





EL ABRACITO DEL PAN Y DEL AMOR
Juan Josè Bocaranda E

Una plaza blanca, de bordes azules, salpicada de azul. Y en el centro, también azul, el velòn que recoge todos los años de una larga vida.
Setenta y nueve años puntualmente. Y el abuelo, rodeado de su esposa, hijos y nieto, pica la torta.
Francisco, el nieto, de cinco años, trepado en una silla en medio de los abuelos, extiende los brazos, alborozado, y abarca el cuello de los dos, formando un “monstruo de tres cabezas”. Y aprieta fuerte, muy fuerte…
-Este es el abracito del pan y del amor- dice con voz de notorio sentimiento.
Y grita lleno de alegrìa y se desprende de la silla y queda colgando de los cuellos de ambos abuelos, agobiados por el peso…
-Quiero estarme siempre asì, siempre, y que este abrazo dure tresmilnovecientosmil-doscientos cuarentamil y sietemil-cuatrocientos años…
-¡Ah! –dice el abuelo con los ojos vidriosos de làgrimas- Las delicias espirituales de ser abuelos, algo que no tiene precio-.
-Asì es –responde la abuela, también lacrimosa- Tenìa mucha razón Hilda cuando nos decía: deje que sean abuelos para que sepan què es lo que se siente…Mientras no lo sean, nunca lo sabrán…

-Sì. El abrazo del pan y del amor, el mejor regalo de cumpleaños…

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA SALUD Y LAS RADIACIONES. Juan Josè Bocaranda E




LA SALUD Y LAS RADIACIONES
Juan Josè Bocaranda E

Al momento de ir a vivir en una casa, es preciso, sobre todo, establecer dònde estaràn ubicadas las camas, porque del subsuelo pueden levantarse radiaciones negativas. Los animales y las plantas detectan estas malas influencias y evitan esos lugares. Los perros, las vacas, los caballos, los cerdos, los pàjaros, las gallinas, optan por las radiaciones positivas, al contrario de los gatos, las hormigas, los bachacos y las abejas, que escogen los lugares negativos. Alguien refiere que el dueño de un perro le construyò una hermosa perrera, pero que no hubo forma de hacerlo entrar allì, a tal punto que preferìa dormir a la intemperie. Un radiestesista  recomendó cambiar la perrera a otro lugar (positivo), y allì sì funcionò.

Se ha establecido que las plantas florecen o no y producen o no, conforme les convengan las radiaciones positivas o negativas que provienen del  subsuelo donde hunden sus raíces. Por ejemplo, los manzanos se dan óptimamente si se les siembra sobre lugares positivos. A un manzano le salió un tumor canceroso, que lo matò porque estaba sembrado en un lugar negativo. Asì, pues, los agricultores deben tener cuidado de los lugares donde almacenas sus productos: las papas, los tomates, las cebollas, las frutas, etc.etc. Si observan que se deterioran rápidamente o que pierden frescura, lozanìa o brillantez y sabor, tomen en cuenta en lugar. Pidan ayuda al radietesista, para escoger el mejor lugar. Otro tanto los criadores de animales, ganado, cerdos, gallinas o pollos, etc. y aquèllos que fabrican vinos, pues se ponen agrios si son depositados sobre lugares negativos.

Una persona que padece de insomnio frecuente o permanente o que no se siente cómodo al dormir, sino que, inquieto, va de un lugar a otro de la cama o despierta sobresaltado, no debe correr de inmediato en busca del mèdico: no digo que no vaya, sino que lo haga después de cambiar la cama de lugar, en el mismo cuarto, para observar si viene el buen dormir. El cuerpo se lo dirà. Si se mantiene el problema, vaya al mèdico. Y, si es posible, busque a un radiestesista que precise si en el subsuelo de la casa hay radiaciones patógenas. Las irradiaciones patógenas del subsuelo pueden deberse a un cruce de “bandas de Curry o de Hartman” o a corrientes de agua subterránea.


¿Sus hijos duermen intranquilos, se desvelan, les duele la cabeza con frecuencia, tienen bajo rendimiento escolar o manifiestan otros síntomas extraños? Comience por cambiarles las camas de lugar…a ver si allì està la causa…¡Atienda a la Radiestesia¡ Ello puede salvarle la vida y la salud de su bolsillo, sobre todo hoy cuando para ir al mèdico hay que pensarlo “siete veces siete”… y a la farmacia, ¿cuànto màs?.

domingo, 21 de diciembre de 2014

"REFLEJOS EN EL AGUA". Juan Josè Bocaranda E





“REFLEJOS EN EL AGUA”

A LA MEMORIA DE…

Dedicamos esta sección a la memoria del inspirado poeta marabino ALFREDO ÀÑEZ, nuestro amigo, quien, hace ya muchos años,  nos sugiriera, como nombre de una columna nuestra para el periódico, el de “Reflejos en el Agua”.

Debemos señalar que nuestro propósito no es otro, exclusivamente, sino el de expresarnos: un derecho que no debe ser arrebatado a nadie, porque forma parte esencial de la propia vida: quien quiere expresarse y no lo hace, muere asfixiado. Asfixia psicológica, asfixia moral y asfixia espiritual.
Lo importante no es la obra producida sino el hecho mismo de hacerlo, como lo importante no està en el logro sino en el camino y el esfuerzo…

















LO INEXPLICABLE. Juan Josè Bocaranda E



LO “INEXPLICABLE”
Juan Josè Bocaranda E

Ciertamente, existen cosas “inexplicables” pero sólo en apariencia, pues suceden en forma por demás tangible y evidente. Sin embargo, no faltan aquéllos que  para todo y ante todo exigen “comprobación científica”, como si la ley de causalidad fuese la única que rige en el mundo de las relaciones entre los fenómenos.
El psicólogo y escritor Carl Jung, de prestigio universal indiscutible escribió el prólogo del milenario libro I Chin, donde define lo que denomina “principio de sincronicidad”, paralelo al principio de causalidad.
El psicólogo suizo comienza por plantear, no sin cierto grado de admiración, qué es lo que lleva a ciertas personas a realizar actos que parecieran sembrados de misterio, como el catador de vinos, el experto  en antigüedades y los astrólogos:
 Un catador examina el aspecto del vino que burbujea a la altura de sus ojos; toma un sorbo, lo saborea durante unos instantes, se da cuenta de su aspecto, y, para el asombro de todos, determina, en forma exacta, la fecha, el lugar de origen y la ubicación del viñedo.
Una persona entendida en  antigüedades, sin ningún otro elemento que lo oriente, sólo con mirar detenidamente el objeto, es capaz de indicar en qué lugar fue fabricado y quién fue su creador, trátese de un mueble o de una obra de arte.
Existen astrólogos que apenas conocen la fecha del nacimiento de una persona, pueden establecer cuál posición ocupaban el sol y la luna y cuál signo del zodíaco ascendía  en el momento del nacimiento.
“Frente a tales hechos –escribe- es preciso admitir que los momentos pueden dejar huellas perdurables. Estas “lecturas”, que llenan de admiración y efectúan personas especialmente dotadas, obedecen al principio de sincronicidad, conforme al cual la coincidencia de los hechos en el espacio y en el tiempo significa algo más que un mero azar. Quiere decir que, en estos asuntos “misteriosos”, no es el principio de causalidad  o de secuencia de hechos, lo que opera. Es más: quienes consideran “imposible” tal clase de aciertos, en los catadores, en los anticuarios, en los astrólogos, o los califican como  simple azar, lo dicen,  justamente, porque buscan una relación de causa a efecto que no existe, pues lo que opera, como ya dijimos, es la coexistencia de los hechos en el espacio y en el tiempo. Por ello expresa Jung que “…los pormenores casuales  entran en representación del momento de la observación y constituyen una parte de él”, todo lo cual es ajeno a la mentalidad occidental, que “tamiza, pesa, selecciona, clasifica, separa, mientras que la representación china del momento  lo abarca todo, hasta el más minúsculo y absurdo detalle,  porque todos los ingredientes componen el momento observado”..
La vía idónea para comprender por qué aciertan admirablemente  “los rastreadores”, son los argumentos prácticos, no los argumentos abstractos. Porque no se trata de ciencias físicas  ni matemáticas, sino de una especial sabiduría que gira en el ámbito de una ciencia muy especial relativamente poco conocida todavía.


sábado, 20 de diciembre de 2014

EL DUEÑO DE LAS DOS VACAS. Juan Josè Bocaranda E



EL DUEÑO DE LAS DOS VACAS
Juan Josè Bocaranda E

Froilán Linaza, el único policía del pueblo de “Las Lajas”, era brusco en el trato y excesivamente “suelto” en el decir. Por ello, siempre desubicado, no distinguía en presencia de quién estaba para “hablar como lo hace el pueblo, sin lenguas en el pelo”. Por ejemplo, cuando el Arzobispo, acompañado del Nuncio Apostólico y del gobernador del Estado, visitaron el pueblo, Froilán utilizó un lenguaje procaz, que dejó turulatos a las eminencias, quienes disimularon con carrasperas, mientras se miraban entre sí en silencio.

Froilán vestía uniforme blanco fosforescente y cachucha con luces neón intermitentes. Según el concejal que propuso esta vestimenta, ello contribuiría a disminuir los robos, pues los ladrones verían a la autoridad desde lejos y optarían por abandonar el intento. Además, el agente empuñaba un rolo, precedente de los peligrosos lanzallamas, útil no sòlo para aporrear sino, màs aun, para arrojar chorros de negrohumo maloliente, a una distancia considerable, provocando náuseas y evacuaciones inmediatas al más valiente.

Debido a estas condiciones, Froilán se consideraba el hombre de más poder en el pueblo, y suponía que ello  le daba derecho a tener dos mujeres. a las que trataba como “sus vacas”: la esposa, Julia Totumas, y la concubina, hermana de ésta, María Totumas. Ambas, como él, eran de ese mismo pueblo, donde vivían los tres en la misma casa, por lo que  Froilàn se creìa con derecho a viajar en los dos trenes con el mismo boleto.

Julia, delgada, menuda  y laboriosa.  María, retaca, obesa, de vientre notoriamente distinguido, floja como la que más, quien dormía hasta muy entrada la mañana, desayunaba con voracidad lo que le había preparado la hermana, y se iba a la puerta de la casa a ver pasar moscas, hasta que la llamaban la hora del almuerzo, la del “puntal” y la de la cena,  intercalados todos estos menesteres por las respectivas paradas en la puerta…a ver pasar moscas…Y así por los siglos de los siglos.

Una mañana, Luisa Antonia, la mujer del médico rural, preguntó a Froilàn si era posible que María trabajara en su  casa siquiera medio tiempo, en labores de limpieza. Y él, que tenía sus razones,  le respondió:

-Yo creo que no, señora. Es una mujer muy haragana. No hace sino comer, dormir y pararse todo el día en la puerta de la casa…a ver pasar  moscas. De todas maneras, hable con ella.

Cuando Luisa le hizo la propuesta, María le respondió:

-No puedo. Todas las tardes, cuando Froilán viene del trabajo, me encuentra parada en la puerta (viendo pasar moscas) y me regaña “!Epa, María, no trabaje tanto! Es que  me tiene mucha consideración...Por eso no puedo trabajar, para que no se disguste.

Luisa, bastante ingenua, le comentó a Froilán:

-Debe ser que María sufre mucho debido al embarazo, y por eso no puede trabajar.

-¡Cuál embarazo?

-¿No está embarazada? Por la barriga que tiene, debe estar a punto de dar a luz…Por eso se siente cansada…

-¡Ja,ja,ja! ¡!!¿Embarazada!?! ¡Será de manteca…!

-Estoy segura, señor Froilán. Yo sè mucho de esas cosas. Aquì donde Usted me ve, comencé a estudiar Obstetricia en Lovaina…Sòlo con un vistazo puedo percibir si el rìo entrò en el conuco…Marìa està embarazada. Se lo aseguro…



 -¡Claro que no, señora! No sea porfiada. ¿Me lo va a decir a mí, que soy el dueño de mis “vacas” y quien las conoce, las cuida y las ordeña?

domingo, 7 de diciembre de 2014

EL ESTADO FINANCIERO DEL POETA CURSI. Juan Josè Bocaranda E



EL ESTADO FINANCIERO DEL POETA CURSI
Juan Josè Bocaranda E

El conocido poeta Antonino Cursi quiso celebrar en la intimidad familiar y en su pequeño y hermoso pueblo natal de Italia, el 50º. Aniversario de su matrimonio. Rodeado por su esposa, Stella Lucìa, sus hijos, nietos y bisnietos,  brindando por el amor y alzando la copa, dijo a su esposa:

“Brindo al Cielo. Soy el hombre màs afortunado del mundo porque he vivido la empresa de quererte, disfrutando de tu dulce compañía. Es algo que muy pocos pueden decir del destino de su capital y de su estado financiero, al cabo de los años”.

Para coronar la celebración, le leyò uno de sus poemas cursis.




LA MANCHA. Juan Josè Bocaranda E




LA MANCHA
Juan Josè Bocaranda E.

Despuès de varios meses de trabajo intenso, un pintor concluyò la obra. Era un hermoso cuadro al òleo, de amplias dimensiones, que aludìa a los orígenes de la humanidad.

Al taller acudió un hipercrítico de arte, premunido de ínfulas numerosas, quien le fue señalando las diversas “inconveniencias” que generarìa la obra,  pues directa e indirectamente, tocaba asuntos “un tanto delicados”, que conforme a su dogma respectivo podrían cuestionar los cofrades de las diversas sectas de la comunidad.

Temeroso de caer en desprestigio y hasta de ser objeto de repulsa social, en circunstancias que también podrían ocasionarle grave menoscabo pecuniario, el pintor fue suprimiendo un elemento tras otro. Quito esto –se decía a sì mismo- porque puede ofender la mèdula màs profunda de los metafísicos. Y esto porque podría alejar a los católicos màs fervorosos. Y èste porque  causarìa alarma a los miembros de la Iglesia de las Siete Bondades; y èste, a los Sacrosantos Vociferantes del Desierto; y èste a los Hermanos de la Pèrgola Bendita; y èste, a las Santas Hermanas de la Caridad Pudenda….

Cuando terminò la tarea del exterminio, viò còmo sòlo quedò en el lienzo lo que èl llamò “una mancha de su pintura y de su esfuerzo artìstico”. Pero un amigo lo sacò del engaño:
-No. No es pintura. Sòlo es la cagada de una mosca…



viernes, 28 de noviembre de 2014

YO, RAMÒN EL BURRO. Juan Josè Bocaranda R






YO, RAMÓN EL BURRO
Juan Josè Bocaranda E

¡Aaaah!.!El gozo indescriptible de sentirse burro y de recibir el trato que ello merece!…
                                              ***

La gente, yo lo sé, me tiene por bruto. Y yo mismo me lo creo. Estoy convencido de que lo soy.
La fama de bruto me la gané con creces desde que, en contra de mi voluntad, asistì a la escuela en mi pueblo de Yamevoy.
Estoy seguro de que si mi madre no se hubiese antojado de llevarme a la escuela -“para que no te quedes bruto”-,  no hubiese resultado con ese don. Porque a la larga, no ha dejado de ser un “don” para mì.

Les dirè por què.

En primer lugar, porque no hubiese tenido al alcance de la mano a una persona encargada de inculcarme, martillándomela todos los días, la idea de que era bruto: tal fue mi maestra Ofelia, a la que agradecerè por la eternidad esta deferencia. En segundo lugar, no hubiesen concurrido las circunstancias favorables al afianzamiento de esa idea, como lo fue la colaboración desinteresada de mis condiscípulos, quienes asumieron con la mayor seriedad la tarea de hacerme recordar, siempre y en todo lugar, que yo había nacido para burro.

No permanecí en la escuela más de tres meses. Pero, ese tiempo fue más que suficiente para que surtiera plenos efectos, en mi mente, en mi personalidad y en mi futuro, esa especie de cursillo intensivo o propedéutico que me impartió  la maestra Ofelia.

Quedé convencido de mi torpeza y de mi incapacidad, gracias a que la maestra era la primera en generar las burlas y las risas contra mí. Porque soltaba chistes, siempre de brutos, concediéndome el crédito de la brutalidad. No desperdiciaba ni un solo día para humillarme y atormentarme con el grito de “¡burro, burro, burro!”, con tal ensañamiento, persistencia, ardor, énfasis e intensidad, que logró convencerme de que yo era un burro; de que si bien me veía en el espejo una cara normal y me revisaba muy bien el cuerpo, y no tenía patas sino dos piernas, y pies y dos brazos con sus manos, y no tenía ni un taquito, pero ni un taquito de rabo, sin embargo yo era un burro. “Ramón el burro”, me bautizó esa madrina de la Educación Pública, digna de haber sido nombrada Ministra de Pedagogía. Y como “ Ramón el burro” me quedé para siempre.

Pero la cosa no fue fácil. Todas las noches tuve pesadillas: yo era un burro al que todos ofendían, del que todos se burlaban y al que todos explotaban. Era, en mis pesadillas, el burro del pueblo. Y me imponían cargas descomunales que  casi me convertían en un gusano, pues por poco tenía que arrastrar la panza por el suelo.

Me despertaba temblando, sudando frío, pero a la vez con un calor intenso. Y gemía, y lloraba y clamaba. Y tenía miedo de volverme a dormir. Y mi madre maldecía el día en que se le ocurrió llevarme a la escuela.
En la oscuridad del cuarto, espesa, pesada como una tela negra,  sentía pavor, y procuraba mirarme las manos, y cuando lograba verlas como fogonazos, era patas de burro  lo que veían mis ojos.

Pero, llegó una noche en que, milagrosamente, dejé de tener  pesadillas: abruptamente pasé a tener sueños de burro feliz, en los que me veía más gracioso y tierno que el burrito español llamado Platero.

Y los sueños eran tan intensos, tan intensos, que se hicieron realidad. Por eso, desde el día siguiente  pasé a ser un burro ensoñador. Y comencé a revolcarme entre las flores, el mastranto, la yerbabuena, la albahaca, la menta, el romero y el perejil de los jardines y de los campos, por lo que andaba  oliendo siempre a burro florecido.

Todos en el pueblo me buscaban, todos me querían. Hasta me gané el Premio Municipal de Ecología, porque depuraba el ambiente con mis burradas aromáticas. También me gané la gratitud del pueblo, porque me daba a recorrer las calles repartiendo aromas de alegría. Y visitaba el hospital y perfumaba a las enfermeras, quienes me llenaban de besos y me llamaban “burro consentido”. Y perfumaba a los enfermos, sobre todo a las parturientas, para que los niños salieran del recinto del más allá, perfumaditos y acicalados, de tal forma  que hasta los cordones umbilicales quedaban impregnados de esas delicias de Paraíso Terrenal.

Las enfermeras y las camareras se  llevaban  los cordones umbilicales a sus casas, como amuletos de la buena suerte, y los vendían a los turistas. O se los colgaban del cuello a las  hijas  para que atrajeran  novios por docenas.Y niñas, ¡felices!...Con tres o cuatro novios al mismo tiempo…(para ensayar infidelidades…).

Jamás hubo pueblo más feliz y lleno de alegría permanente, como Yamevoy, por  causa de un burro esplendoroso como yo. Yamevoy se saturó de tanto aroma de burro perfumado, que atrajo turistas  por millares, pues ¿quién no iba a cambiar durante unos días un ambiente hediondo a humo de carros, por un ambiente celestial?.

¡Ahhh! ¡Qué agradable sentirnos burros  por vocación, por gusto, por complacencia, porque nos nace, por felicidad!.  No a la fuerza, no por imposición, porque la violencia arranca los sueños y siembra las pesadillas.

Cuando llega el momento en que uno es burro por convencimiento,  uno se siente importante. Siente que ha venido a este mundo a dar, no a recibir. Desaparece el egoísmo, y nacen la generosidad esplendorosa y el sentido de colaboración y de solidaridad. Y como la paciencia es la virtud màs obvia  de los burros, se abre caminos a la santidad.

¡Si ustedes supieran lo que uno siente cuando es burro a plenitud! Seguramente me envidiarían y correrían a ver quién los consagra…

Por todo esto siempre me acuerdo de la maestra Ofelia. ¡!Quién iba a pensar que sus burradas pedagógicas podrían brindar resultados plausibles, elevados, dignos!!.  Gracias a esa catira fea, que me enseñó a ser burro.

Me acerco a los 65 años viviendo como burro, sintiendo como burro y pensando como piensan algunos burros. Y  asì he sido feliz, màs todavía cuando me vino en suerte hallar por los caminos de la vida una buena burra, que me diò varios burritos, también felizmente casados.

No quisiera llevarme a la tumba mis burradas. Ojalá alguien se inspire y escriba algunas líneas para perpetua memoria. Para que se sepa que hay maestras sensibles y atinadas y tierra fértil para las risotadas y las burlas creativas, sugerentes, que encaminan despertando vocaciones.

Ruego a las almas piadosas coloquen sobre mi tumba este epitafio: “Aquí yace Ramón el burro, hermano consanguíneo de la maestra Ofelia Piña”.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

"CIUDAD CORCOVA". Juan Josè Bocaranda E







“CIUDAD CORCOVA
Juan Josè Bocaranda E

Temerosos de que los atracaran y les arrebataran la joroba,  los jorobados decidieron fundar su propia ciudad que, claro está, sólo podía ser habitada por jorobados. Nació, así, “Ciudad Dromedaria” que algunos llamaban, simplemente, “La Dromedaria” y no pocos “La Corcovada”.

Tener una quinta o mansión en “La Dromedaria” otorgaba cachè y acrecentaba prestigio. Por ello los  nuevosricos viajaban al extranjero para implantarse brillantes jorobas,   con el mismo afán de novelerìa que animaba a las mujeres a sustituirse modestas copitas fipo frinè, por copones abundandantes y rebosantes como de vaconas holandesas.

“La Dromedaria”se anunciaba desde muy lejos porque la gran muralla estaba coronada, entre dos almenas y frente al puente levadizo, por una joroba descomunal, de hormigón armado, pintada con llamativos colores.

Durante la noche, la joroba-símbolo, fosforescente, se destacaba como  seria advertencia para los merodeadores, muchos de los cuales desaparecìan para siempre y sin dejar rastro.

Por las avenidas superiores de la muralla patrullaban las moto-jorobas,  de férrea disciplina militar y acendrado celo patriòtico.

El acceso a la ciudad estaba constituido por una sola puerta, custodiada por un ejército de samuráis jorobados, que sabían utilizar la joroba para propinar martillazos mortales.

Como la cosa prometía, algunos extraños se colocaban jorobas de plástico, pero eran descubiertos y castigados con penas cuadruplicadas, como lo merecen todos los tramposos, jorobados o no. Otros, más decididos, se practicaban costosas operaciones quirúrgicas para que les incorporaran las jorobas dejadas por los difuntos, si es que las dejaban, pues muchos estaban tan apegados a ellas, que se las llevaban al otro mundo para seguir con la buena suerte.

Para recibir el título universitario en Ciudad Corcova, era requisito indispensable que la joroba satisficiera exigencias mínimas de dimensión y elegancia, por lo cual en el acto de graduación se utilizaban togas escotadas que permitieran ver desnudas, a lo lejos, las jorobas lustrosas y felices, para complacencia y gozo de todos los presentes.

Para ser funcionario de carrera, era indispensable  cumplir con exigencias muy, pero muy especiales, relativas a las jorobas, cuyas características eran señaladas en manuales ultrasecretos que sólo “los privilegiados de la corcova” podían manejar.

Hubo una época en que por cuestiones de elegancia establecidas en los protocolos internacionales, se exigió a los graduandos proporción específica entre el volumen de  la joroba,  el volumen de la barriga y el volumen del nalgatorio. Pero, como no había suficientes nalgudos –aunque sí muchos barrigones- se dejó de lado esta meticulosidad antidemocrática.

En los “tribunales de la Corcova” los jueces medían los casos, no por razones, sino por torceduras. Por supuesto, la justicia también era jorobada. Es más: para todos ellos lo recto repugnaba, por esencia, a la razón. Y la razón les decía que  la rectitud estaba en la joroba, así como los sabiondos de la “Matemàtica Corcovada” afirmaban que la distancia más corta entre dos puntos era la joroba.

La alegoría de la justicia también fue modificada: la tradicional representación romana, en una señora tuerta y obesa, con una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha, sosteniéndose milagrosamente los fustanes,  fue reemplazada por la figura de una Miss moderna, hermosa, ligera de ropa, con amplia y brillante sonrisa, y con una joroba descomunal y digna, que contribuía a resaltarle la belleza.

Por otra parte, era de ver y de admirar  a los siempre interesados estudiantes de Derecho, en prosternación servil ante jueces y profesores cargados de jorobas bursátiles, a quienes prometìan emular en sobajamientos protocolares y diplomàticos.

Una escribiente, estudiante de Derecho, provista de una formidable joroba, llegó a decir en voz alta que ganaba más dinero que el juez porque escondía los expedientes en el extremo sur de la corcova, hecho que, desde ya, le generaba cuantiosos emolumentos.

La corrupción, la perversión, la injusticia, la traición y muchas otras virtudes democráticas, se sembraron y se extendieron como una enredadera fatal en La Corcova.


Una noche, una enorme y furiosa tormenta de arena dejó sepultada para siempre la ciudad de los jorobados, bajo cuyas cenizas yacen hoy los cadáveres de sus habitantes en las posiciones màs abyectas e inverosímiles. Entre el polvo sobresale  una parte de la joroba de hormigón que una vez fuera el orgullo de los jorobados, yo uno de ellos…