sábado, 21 de febrero de 2015

NOCUENTO. LA UTILIDAD DE LOS POBRES. Juan Josè Bocaranda E



LA UTILIDAD DE LOS POBRES
Juan Josè Bocaranda E

Un día, los ricos se dieron cuenta de que sus riquezas eran excesivamente cuantiosas, de que no hallaban dónde depositarlas y de que no podían confiar en los  guardianes, lo que les exprimía de angustia el corazòn.

-Estamos siendo diezmados por síncopes cardíacos, provocados por la angustia del demasiado tener y de la desconfianza en la seguridad. Debemos hallar  solución.

El problema iba en aumento porque, a menor número de ricos, las riquezas se concentraban en unos pocos, que pasaban a ser “superricos”, dotados de “supersíncopes”.

Después de muchas disquisiciones, que más parecían evitar un remedio que hallar una solución, alguien propuso que las riquezas fueran distribuidas equitativamente entre los pobres, de tal forma que, al repartirse los bienes, se repartieran los síncopes.

Tomó la palabra el más gordo y rozagante de los ricos:

-Bien está que busquemos solución a este gravísimo pro­blema, generado por la acumulación de la riqueza. Pero, esa solu­ción no debe darse en detrimento de los valores morales.

-Es verdad- No debemos olvidar que nuestra mayor virtud es la caridad. Si repar­timos nuestros haberes entre los pobres, llegará un momento en que éstos serán sumamente escasos, ocasionándose un nuevo problema, pues tendremos que contabilizar cuántos ricos tocarán a cada pobre, para que puedan practicar la caridad, lo cual, a la larga, equivaldrá a que todos seremos ricos y que, en consecuencia, todos seremos cardìacos.

-Si llegados al extre­mo, no quedase ningún pobre, por ser todos ricos, no veo cómo podríamos ejercitar la caridad, que ha sido para nosotros la más fácil, la mas barata y socorrida y la menos exigente de las virtudes.

-Ciertamente. Pero tendríamos que comenzar a practicar virtudes más one­rosas por el esfuerzo, por la profundidad, por la exigencia de mayor sinceridad y de mayores alcances espirituales, lo cual podría ser nueva causa de nuevos paros cardiacos.

-Sin embargo, podría haber una solución media, y ésta sería la siguiente: no habiendo pobres, todos los ricos nos organizaríamos para intercambiar limosnas, de tal suerte que la caridad quedaría en casa.

-Esto no dejaría de ser una farsa.

-Pero, ¿es menos farsa esto que la que realizamos actualmente cuando practicamos la caridad en ínfimas y cómodas cuotas?

-Yo creo que también en el campo de la virtud debemos ser comedidos y no avariciosos; es más barato y más rentable que socialicemos la virtud, que las riquezas materiales.

-Por ello, en vez de repartir nuestros bienes, practicando la caridad, como quien dice, “de un solo viaje”, sigamos practicando la caridad con cuentagotas.

-Por otra parte, repartir nuestras rique­zas de un solo golpe, es como pretender entrar al reino de los cielos de sopetón, sin tocar a la puerta y sin aguardar turno, cosa que no sería bien vista por Dios.

-Además, si repar­timos desde ya todos nuestros bienes, ¿quién nos asegura que los nuevos ricos ejercitarán la caridad para con los pobres restantes?

-Y ¿quién asegura que si repartimos nuestros bienes de una sola buena vez, no nos fulminará un sincope definitivo, por pecar contra la moderación?

-Por lo tanto, sigamos practi­cando la caridad con mesura, pues es preferible morir por cuotas que morir al contado”.



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