LA UTILIDAD DE LOS POBRES
Juan
Josè Bocaranda E
Un día, los ricos se dieron cuenta de que sus
riquezas eran excesivamente cuantiosas, de que no hallaban dónde depositarlas y
de que no podían confiar en los
guardianes, lo que les exprimía de angustia el corazòn.
-Estamos siendo diezmados por síncopes
cardíacos, provocados por la angustia del demasiado tener y de la desconfianza
en la seguridad. Debemos hallar solución.
El problema iba
en aumento porque, a menor número de ricos, las riquezas se concentraban en
unos pocos, que pasaban a ser “superricos”, dotados de “supersíncopes”.
Después de muchas
disquisiciones, que más parecían evitar un remedio que hallar una solución,
alguien propuso que las riquezas fueran distribuidas equitativamente entre los
pobres, de tal forma que, al repartirse los bienes, se repartieran los
síncopes.
Tomó la palabra
el más gordo y rozagante de los ricos:
-Bien está que
busquemos solución a este gravísimo problema, generado por la acumulación de
la riqueza. Pero, esa solución no debe darse en detrimento de los valores
morales.
-Es verdad- No
debemos olvidar que nuestra mayor virtud es la caridad. Si repartimos nuestros
haberes entre los pobres, llegará un momento en que éstos serán sumamente
escasos, ocasionándose un nuevo problema, pues tendremos que contabilizar
cuántos ricos tocarán a cada pobre, para que puedan practicar la caridad, lo
cual, a la larga, equivaldrá a que todos seremos ricos y que, en consecuencia,
todos seremos cardìacos.
-Si llegados al
extremo, no quedase ningún pobre, por ser todos ricos, no veo cómo podríamos
ejercitar la caridad, que ha sido para nosotros la más fácil, la mas barata y
socorrida y la menos exigente de las virtudes.
-Ciertamente. Pero
tendríamos que comenzar a practicar virtudes más onerosas por el esfuerzo, por
la profundidad, por la exigencia de mayor sinceridad y de mayores alcances
espirituales, lo cual podría ser nueva causa de nuevos paros cardiacos.
-Sin embargo,
podría haber una solución media, y ésta sería la siguiente: no habiendo pobres,
todos los ricos nos organizaríamos para intercambiar limosnas, de tal suerte
que la caridad quedaría en casa.
-Esto no dejaría
de ser una farsa.
-Pero, ¿es menos
farsa esto que la que realizamos actualmente cuando practicamos la caridad en
ínfimas y cómodas cuotas?
-Yo creo que
también en el campo de la virtud debemos ser comedidos y no avariciosos; es más
barato y más rentable que socialicemos la virtud, que las riquezas materiales.
-Por ello, en vez
de repartir nuestros bienes, practicando la caridad, como quien dice, “de un
solo viaje”, sigamos practicando la caridad con cuentagotas.
-Por otra parte,
repartir nuestras riquezas de un solo golpe, es como pretender entrar al reino
de los cielos de sopetón, sin tocar a la puerta y sin aguardar turno, cosa que
no sería bien vista por Dios.
-Además, si repartimos
desde ya todos nuestros bienes, ¿quién nos asegura que los nuevos ricos
ejercitarán la caridad para con los pobres restantes?
-Y ¿quién asegura
que si repartimos nuestros bienes de una sola buena vez, no nos fulminará un
sincope definitivo, por pecar contra la moderación?
-Por lo tanto,
sigamos practicando la caridad con mesura, pues es preferible morir por cuotas
que morir al contado”.

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