POR UNA BORRACHA ENCUBIERTA DE LA CIA
Juan Josè Bocaranda E
Yo era un borracho tan duro como un pedernal. Y el
orgullo de serlo me incrementaba las ganas.
Mamà murió en mis brazos. En sus últimos instantes
pretendió que le prometiera abandonar el vicio. Pero, ni siquiera en esas
circunstancias extremas soltè prenda. “Palabra de borracho no vale”- pensé.
Al parecer todo se debía al mal ejemplo de mi padre,
muerto de un infarto etílico en plena calle. Creo que cuando acudì a ver su
cadáver, a mis doce años de edad, quedè
marcado. O, mejor, encaminado por la autopista del aguardiente.
Asì anduve durante unas dos décadas.
Cerca de los treinta y cinco años me dejè seducir por
una borracha encubierta de la CIA, Anastasia por pseudònimo profesional.
La “Cofradìa Iniciàtica Antediluviana” o CIA, era un desesperado grupo
de fanáticos que se iban a la calle a convivir con los beodos para rescatarlos
a tiempo, “antes del segundo diluvio universal”, que era inminente, pues se
desatarìa apenas Noè II terminara de pintar
el arca.
Anastasia, en realidad, no era borracha profesional.
Ni siquiera aficionada: simulaba echarse los tragos, pero se mantenía sobria
para estar en condiciones de arremeter contra los vicios con mano firme. Como
lo hizo conmigo apenas iniciamos nuestra amistad.
Echando suertes, me correspondió, según ella, aprenderme de pa a pu “Las Lamentaciones de Jeremìas”. Tarea que me resultò casi imposible, pues tenìa la memoria
reseca.
Cuando finalmente coronè la cima, fui recibido
por cofrades delirantes. Allì, un
domingo, en medio de cantos, cantos y màs cantos, fui declarado “soldado de
Jehovà”. Me empujaron prácticamente a la calle, para que me dedicara a predicar
la santa palabra. Es decir, el Libro de las Lamentaciones que, además, yo debía
saber adaptar a los tiempos actuales, con el fin de infundir pavor a los
descarriados y rescatarlos del Diluvio.
En cuanto a mi amiga Anastasia, mi amante de algunos
meses, se esfumò como sòlo saben hacerlo los agentes de dilatada experiencia
policial: caminando de para atrás para que pareciera que iba entrando. Técnica
que inventaron, justamente, en la CIA, cuando comenzó a presidirla un hiperfanàtico de Jehovà en
tiempos de la “Guerra Frita”.
Logrè averiguar -pues seguía enamorado de ella- que
Anastasia se había destacado tanto en sus mèritos de “rescatista”, que la
habían incorporado al FBI.
El “Fondo Braga Internacional” o FBI, era otra
organización dedicada a los mismos fines
de la CIA, pero en forma màs sofisticada, utilizando sistemas, medios y equipos
de última generación. Como el GPS, para ubicar borrachos con una precisión
milimétrica tan sensible, que hasta se captaba la intensidad de la borrachera
por los olores corporales. Anastasia seguramente estaría feliz. Yo la conocía
por su afición a las ciencias físicas, a
la astronomía copernicana y a los avances de la tecnologìa.
Pràcticamente en ayuno crònico, pues los ingresos
monetarios eran casi nulos desde que la CIA me había borrado de la lista de
pensionados, me dediquè a predicar la santa palabra. Con mi “hermosa biblia de
cuero de los cocodrilos de Luisiana” –como campaneò el Pastor aquel domingo-
iba de un lugar a otro como poseído por el espíritu de una prepotencia divina.
Plazas, puertas de mercados libres, parques, estaciones del Metro, paradas de
autobuses, encuentros personales, persecuciones y acosos evangélicos a
domicilio, etc. etc.. Pero, por mucho que me desgañitè, vociferando como en subastas,
no logrè conmover ni a los perros. Antes por el contrario, observè que mientras
yo peroraba con ardor y fervor, la gente parecía no percatarse de mi presencia. Comìan, conversaban y reìan entre
ellos, dedicándome la misma atención que al viento o al revoloteo de las
palomas. Y asì durante varios meses, hambreado de muerte, con la garganta
adolorida y si tener ni un céntimo en el bolsillo para comprar algún
calmante…El viento me movìa como una bandera, de lo tan flaco.
Que si don Jeremìas para allà, que don Jeremìas para
acà…que si para arriba, que si para abajo…Nada, nada. Entonces, un medio dìa,
cuando llegó a mis narices màs intenso que nunca el olor a comida de los
restaurantes vecinos, me fue entrando por las entreuñas de los pies, me subió
como serpientes por las piernas, los muslos, el estòmago…hasta el cerebro y la
lengua, una arrechera pero de las buenas. De las que abducen al séptimo cielo.
Y reventè y le regalè la biblia a uno de los borrachos y mandè de paseo a
Jeremìas por siempre y para siempre. Adios al Libro de Oro de los Justos, donde
jamàs se leería mi nombre.
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