martes, 10 de febrero de 2015

POR UNA BORRACHA ENCUBIERTA DE LA CIA. Juan Josè Bocaranda E



POR UNA BORRACHA ENCUBIERTA DE LA CIA
Juan Josè Bocaranda E

Yo era un borracho tan duro como un pedernal. Y el orgullo de serlo me incrementaba las ganas.
Mamà murió en mis brazos. En sus últimos instantes pretendió que le prometiera abandonar el vicio. Pero, ni siquiera en esas circunstancias extremas soltè prenda. “Palabra de borracho no vale”- pensé.
Al parecer todo se debía al mal ejemplo de mi padre, muerto de un infarto etílico en plena calle. Creo que cuando acudì a ver su cadáver, a mis  doce años de edad, quedè marcado. O, mejor, encaminado por la autopista del aguardiente.
Asì anduve durante unas dos décadas.
Cerca de los treinta y cinco años me dejè seducir por una borracha encubierta de la CIA, Anastasia por pseudònimo profesional.
La “Cofradìa Iniciàtica  Antediluviana” o CIA, era un desesperado grupo de fanáticos que se iban a la calle a convivir con los beodos para rescatarlos a tiempo, “antes del segundo diluvio universal”, que era inminente, pues se desatarìa apenas Noè II terminara de pintar  el arca.

Anastasia, en realidad, no era borracha profesional. Ni siquiera aficionada: simulaba echarse los tragos, pero se mantenía sobria para estar en condiciones de arremeter contra los vicios con mano firme. Como lo hizo conmigo apenas iniciamos nuestra amistad.

Echando suertes, me correspondió, según ella,  aprenderme de pa a pu “Las Lamentaciones de Jeremìas”. Tarea que me resultò casi imposible, pues tenìa la memoria reseca.

Cuando finalmente coronè la cima, fui recibido por  cofrades delirantes. Allì, un domingo, en medio de cantos, cantos y màs cantos, fui declarado “soldado de Jehovà”. Me empujaron prácticamente a la calle, para que me dedicara a predicar la santa palabra. Es decir, el Libro de las Lamentaciones que, además, yo debía saber adaptar a los tiempos actuales, con el fin de infundir pavor a los descarriados y rescatarlos del Diluvio.

En cuanto a mi amiga Anastasia, mi amante de algunos meses, se esfumò como sòlo saben hacerlo los agentes de dilatada experiencia policial: caminando de para atrás para que pareciera que iba entrando. Técnica que inventaron, justamente, en la CIA, cuando comenzó a  presidirla un hiperfanàtico de Jehovà en tiempos de la “Guerra Frita”.
Logrè averiguar -pues seguía enamorado de ella- que Anastasia se había destacado tanto en sus mèritos de “rescatista”, que la habían incorporado al FBI.
El “Fondo Braga Internacional” o FBI, era otra organización  dedicada a los mismos fines de la CIA, pero en forma màs sofisticada, utilizando sistemas, medios y equipos de última generación. Como el GPS, para ubicar borrachos con una precisión milimétrica tan sensible, que hasta se captaba la intensidad de la borrachera por los olores corporales. Anastasia seguramente estaría feliz. Yo la conocía por su afición a las ciencias físicas,  a la astronomía copernicana y a los avances de la tecnologìa.

Pràcticamente en ayuno crònico, pues los ingresos monetarios eran casi nulos desde que la CIA me había borrado de la lista de pensionados, me dediquè a predicar la santa palabra. Con mi “hermosa biblia de cuero de los cocodrilos de Luisiana” –como campaneò el Pastor aquel domingo- iba de un lugar a otro como poseído por el espíritu de una prepotencia divina. Plazas, puertas de mercados libres, parques, estaciones del Metro, paradas de autobuses, encuentros personales, persecuciones y acosos evangélicos a domicilio, etc. etc.. Pero, por mucho que me desgañitè, vociferando como en subastas, no logrè conmover ni a los perros. Antes por el contrario, observè que mientras yo peroraba con ardor y fervor, la gente parecía no percatarse de mi  presencia. Comìan, conversaban y reìan entre ellos, dedicándome la misma atención que al viento o al revoloteo de las palomas. Y asì durante varios meses, hambreado de muerte, con la garganta adolorida y si tener ni un céntimo en el bolsillo para comprar algún calmante…El viento me movìa como una bandera, de lo tan flaco.

Que si don Jeremìas para allà, que don Jeremìas para acà…que si para arriba, que si para abajo…Nada, nada. Entonces, un medio dìa, cuando llegó a mis narices màs intenso que nunca el olor a comida de los restaurantes vecinos, me fue entrando por las entreuñas de los pies, me subió como serpientes por las piernas, los muslos, el estòmago…hasta el cerebro y la lengua, una arrechera pero de las buenas. De las que abducen al séptimo cielo. Y reventè y le regalè la biblia a uno de los borrachos y mandè de paseo a Jeremìas por siempre y para siempre. Adios al Libro de Oro de los Justos, donde jamàs se leería mi nombre.


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