NOCUENTO.
SATURNINO NARIZÒN TAPADA Y CUERO
Juan Josè Bocaranda E
Podrìa decirse que se hizo a sì mismo en el sentido màs cabal de la
expresión. Porque, de padre y madre absolutamente desconocidos, había sido
presentado en el Registro Civil del
pueblo de La Caballa, como “expòsito de esta feligresìa”.
Primero estuvo al cuidado de los pastores que le habían hallado casi
agonizante en el fondo de un establo; y, después, bajo la protección de un hombre
de muy escasos recursos económicos pero de insondable buena voluntad, quien lo
había acogido para compensar la soledad, pues su familia había perecido en la
creciente del "Rotundo”, el rìo menos caudaloso y màs traicionero de la
región.
Don Sinesio Perdomo lo criò hasta donde le alcanzaron las fuerzas, una
madrugada del miércoles santo del año 1577.
Y fue a partir de esas circunstancias cuando comenzó, propiamente, la
gran empresa de “hacerse a sì mismo”, que recayó sobre Saturnino cuando cumplìa
los diez años de edad.
En cuanto a la còmica
rareza de los apellidos, tal vez
convenga este paréntesis: cuando se realizò la presentación del niño, el jefe
civil no hallaba què apellidos agregar al nombre de pila que entonces se le
ocurrió, Saturnino. Ninguna de las personas presentes allì quiso cederle el
apellido. Ni el propio jefe civil, porque podría despertar sospechas en su
mujer; ni el secretario, porque proyectaba estudiar para cura; ni el ùnico
policía de punto y coma del municipio, porque “se lo prohibía la ley”; ni,
finalmente, “el viejo Arenas”, barrendero de la calles del pueblo, porque
cruzaba por una edad en la que ya no
podía ni sostener la escoba. Pero, en realidad, es necesario decir que nadie
quiso cederle el apellido para evitar la
inclusión en la línea hereditaria.
En medio de aquel silencio
incòmodo que reinò en la oficina
tratándose de un niño gimiente y desamparado, por fin se escuchò la propuesta
del jefe civil: sièndole inevitable encontrarse con la punta de la nariz,
mirase adonde mirase, se inspirò en ella para sugerir como primer apellido
“Narizòn”, y asì quedó en constancia.
Pero, por piedad
cristiana no era conveniente dejarle sin apellido paterno, porque en esos
tiempos si bien no era pecado mortal procrear hijos fuera del matrimonio ni
dejarlos fenecer en abandono, sì lo era mentarse como hijo “ilegítimo”. Baldòn
que hubiese hecho de la vida del niño un
infierno, ante la Iglesia, ante la sociedad y ante las autoridades civiles y
militares.
Asì, pues, le fue asignado el apellido, poco gracioso por cierto, de
“Tapada”, porque la mujer del jefe civil padecía de congestiòn nasal crònica; y
ello cuadraba con el apellido “Narizòn”.
Como una adivina tuvo un chispazo al ver al niño, vaticinò que sería famoso,
por lo que le convenía un apellido largo y sonoro. Alguien propuso que fuera “Cuero”,
y Cuero quedó, para perpetua memoria: SATURNINO NARIZÒN TAPADA Y CUERO, quien habrìa
de figurar entre los literatos màs leìdos de en el Siglo de Plata, y a tal punto que
Francisco Villegas lo incluirìa en sus “Alabanzas Literarias”.
Tal vez convenga agregar que el pueblo de La Caballa estaba
ubicado al pie de la Sierra de la Llorona y que era el único centro que, en mil
leguas a la redonda, contaba con una
jefatura civil; una plaza-potrero donde amarraban las bestias los domingos
mientras se celebraba la santa misa; un dispensario donde prestaba servicios un
barbero que también ejercía de mèdico, dentista, psiquiatra, partero y profesor
universitario; un deàn que oficiaba de obispo cuando lo convocaban de la
capital mediante mensajes de texto; finalmente, el “Quinteto Soplasopla”, conformado solamente por instrumentos de
viento. A cargo del Quinteto estaba la retreta que se dejaba escuchar los
sàbados por la noche, entre 7 y 8.30, para alboroto de las palomas, los
borococos y los murcièlagos, que espantaban a especialmente a las damas. A las
8.30 todos salìan en estampida porque el Padre Trejo aseguraba que a partir de
nueve comenzaba el paseo de las ànimas.
El pueblo se expresaba líricamente a través de un poeta
afamado, de nombre Torquato Bellacqua, caído, no se sabe cuàndo ni como, de una
cigüeña italiana. Bellacqaua se destacarìa, no tanto por sus versos como porque
también fungía de”pica-pleitos”, haciendo de las suyas como único gallo de ese
corral.
Estos datos, al parecer inùtiles, los consigno para que se
compreda la importancia de La Caballa, si se tiene en cuenta la guerra que se
armò entre èste y los demás pueblos de la región cuando se hizo famomoso como
historiador-juglar nuestro amigo Narizòn Tapada
La contienda la ganó –tenìa que ganarla porque sì- La
Caballa, reconocida por la Real Academia de la Historia, indiscutiblemente,
como cuna del conspicuo historiador Saturnino Narizòn Tapada y Cuero, tan
itinerante como Herodo y tan emérito como Erasmo de Rotterdam.
Muy poco antes de morir, Saturnino tuvo a bien dejar en mis manos un
extenso manuscrito, producto de sus correrìas por el mundo, que titulò,
simplemente, REPASOS, pues no se
atrevió a darle otro nombre, como Crònicas, Anècdotas, Relatos,etc.
Ya en el lecho de muerte, se incorporò y tomàndome por el cuello de la
camisa me exigió que le prometiera
publicar los Repasos, por tratarse de su obra màs querida. Como detesto hacer promesas a los moribundos, porque
lo considero un vil chantaje, le respondì que “procurarìa”, si acaso,
publicarlos por partes, como yo lo
juzgase conveniente y me viniera en gana…si es que me venía…
