“HISTORIA, LEYENDAS Y COSTUMBRES
DE LOS PUEBLOS ANTIGUOS”,
DE ESTESÌCORO DE EUMEA.
Juan Josè Bocaranda E
Cedamos la palabra a Estesìcoro:
“Despuès de invocar a la diosa Lìa, que todo lo desenreda y lleva a buen
final, voy a describir, brevemente, los rasgos mínimos de una serie de pueblos
que hallè en esa región de Asia.
A partir de la Tierra de los Bosques Negros, moran los calìpidas, de estaturas inverosímiles y pasos de siete leguas, que
nos recuerdan a los gigantes que, según dicen, fueron los constructores de las
grandes pirámides.
Algunos egipcios me comentaron bajo confidencia que los faraones ordenaron
la construcción de tan monumentales obras porque sufrìan de elefantiasis,
enfermedad hereditaria que les resultaba
imposible ocultar y que tal vez desdecía de su origen divino…. Un mèdico egipcio me dijo, casi con la misteriosa voz de los
secretos màs ocultos :
-Tienen que haber sido los calìpidas
los constructores de esas grandes tumbas.
-¿Por què?
-Porque eran “guapos pa cargar, pa
nada mas”.
A los calìpidas sigue el pueblo de los
alzones, que caminan rastrillando los pies para levantar polvo, pues son
adoradores de la madre tierra, con la que desean consubstanciarse a través de
los pulmones, ya conquistado el corazón. Viven de la fabricación de adobes, que
comercian con los pueblos vecinos y hasta lejanos. Incluso, una vez hallè en
unas ruinas de Persia, varios ladrillos que llevaban el sello real de los
alzones.
Màs adelante, los neurastones, de
perpetuo mal humor, flojera inexplicable y ataques de ansiedad, todo lo cual
luce de sumo interés científico, por lo
que reciben visitas frecuentes de antropólogos alemanes, psicólogos suizos y
cineastas norteamericanos.
Los obiopolìtas, que detestan el
agua, pero la beben a grandes sorbos, como en una relación extraña de amor y
odio simultáneos. Por supuesto, jamàs se bañan y sòlo utilizan las acequias,
las fuentes y los rìos para la agricultura, muy floreciente entre ellos.
Los sinaicas, comedores de
mujeres gordas.Tuve oportunidad de conocer los lugares especiales donde asiduos
esclavos hambrientos las alimentan a la fuerza, minuto tras minuto, dìa y
noche, sin parar. A las pobres víctimas se les nota la tristeza que les causa
pensar en el final que les espera en la gran olla.
Los melanclenos. Hombres y
mujeres se retuercen las largas melenas
en numerosos moños, de tan venerable adoraciòn, que existen altares consagrados
a un dios calvo. Allì cortan las pelucas a los enemigos y las arrojan al fuego,
formando piras que alumbran los caminos de la noche.
Los sauròmatas, de andar como de
dinosaurios, a los que procuran imitar en el arrebato y en el apetito. Los hay de
talla gigantesca, para terror y sojuzgamiento de los màs débiles. Sòlo estos
mastododontes están calificados por ejercer cargos políticos, militares y policiales. Los enclenques como yo están
jodidos…
Los hemorrágicos. Casados sòlo
entre ellos debido a la carga de prejuicios y xenofobia, su sangre se ha
debilitado tanto, que mueren desangrados por causa de una herida, por
superficial que parezca. Encontrè muy pocos habitantes en ese lugar, no
entiendo por què.
Los pie-de-cabra. Nacen con ese
hermoso pie de chivo rupestre, que los llena de orgullo. Cuando los jóvenes
están en edad de casarse, las muchachas permanecen
estàticas y a la expectativa. Los pretendientes desfilan mirándoles, no el rostro, que mantienen
oculto, (pues no interesa en modo alguno su belleza o su fealdad), sino solamente los pies, para hacer la mejor
escogencia. Algunas se quedan para vestir santos porque tienen los pies “feos”,
es decir, lo que para nosotros son pies normales. Los jóvenes alegan que “asì
no van al baile”, y dicen, a la vez, que la pezuña es la mejor garantía de la
ausencia de juanetes, que tanto
detestan.
Los sismosones. Adoran los
terremotos, pues creen que son palpitaciones, eructos y mensajes de los dioses.
Les presagian tiempos venturosos, y por eso desean que ocurran con frecuencia,
sean cuales sean los daños que provoquen.
Los hèlodos. Adoradores del sol.
Jamàs le dan la espalda. Prefieren caminar en retroceso antes que faltar a este
precepto. Quien lo quebranta es condenado a morir de insolación en la plaza
pública.
Los coxi-coxi, que durante los
primeros seis meses del año actúan en forma normal y el resto del año caminan
de cabeza y todo lo hacen exactamente al revés. Por ejemplo, duermen durante el
dìa y realizan todas sus actividades durante la noche; gritan y maldicen
durante todo el tiempo, y jamàs bendicen; hablan cuando no deben y no dan
respuesta cuando se les pregunta; desayunan por la noche y almuerzan al
amanecer; se roban entre ellos mientras consideran intocables los bienes de los
extranjeros. Los hombres llevan a cabo las tareas de las mujeres y èstas las de
los hombres, y orinan sentados, a diferencia de las mujeres, que en ese lapso
de seis meses orinan de pie donde les dan las ganas, sin ningún miramiento ni
distinción social.
Los polkos, que desde muy niños
comienzan a ser ejercitados en el arte de mentir. Los màs viejos me dicen que
el fin de esta costumbre està en prepararlos para la vida política y en los
asuntos del Estado. De esta menera carecen de escrúpulos cuando llevan a efecto
todo tipo de engaños y promesas falsas. Se otorgan grandes premios, en
concursos callejeros, a quienes mientan màs y con mejor arte. Como los
concursos son frecuentes, al finalizar el año existe un inmenso cùmulo de
mentirosos, quienes compiten entre ellos para ocupar los cargos públicos,
severamente calificados por una Comisiòn nombrada al efecto.
Los ulkos, que se distinguen de
todos los anteriores porque cumplen sus necesidades fisiológicas en privado,
para lo cual cuentan con instalaciones donde pueden hacerlo con la mayor
discreción, libres del asedio de los
paparazzi.
Y, finalmente, separados por un desierto que se recorre a lomo de camello
en no menos de dos meses, los mesonasones,
o “pueblo de los pollos guerreros”, a los cuales atenderemos en otra
oportunidad”.
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