jueves, 26 de marzo de 2015

NOCUENTO. SATURNINO NARIZÒN TAPADA Y CUERO



NOCUENTO.
SATURNINO NARIZÒN TAPADA Y CUERO
Juan Josè Bocaranda E

Podrìa decirse que se hizo a sì mismo en el sentido màs cabal de la expresión. Porque, de padre y madre absolutamente desconocidos, había sido presentado  en el Registro Civil del pueblo de La Caballa, como “expòsito de esta feligresìa”.

Primero estuvo al cuidado de los pastores que le habían hallado casi agonizante en el fondo de un establo; y, después, bajo la protección de un hombre de muy escasos recursos económicos pero de insondable buena voluntad, quien lo había acogido para compensar la soledad, pues su familia había perecido en la creciente del "Rotundo”, el rìo menos caudaloso y màs traicionero de la región.
Don Sinesio Perdomo lo criò hasta donde le alcanzaron las fuerzas, una madrugada del miércoles santo del año 1577.
Y fue a partir de esas circunstancias cuando comenzó, propiamente, la gran empresa de “hacerse a sì mismo”, que recayó sobre Saturnino cuando cumplìa los diez años de edad.
En cuanto a la còmica rareza de los  apellidos, tal vez convenga este paréntesis: cuando se realizò la presentación del niño, el jefe civil no hallaba què apellidos agregar al nombre de pila que entonces se le ocurrió, Saturnino. Ninguna de las personas presentes allì quiso cederle el apellido. Ni el propio jefe civil, porque podría despertar sospechas en su mujer; ni el secretario, porque proyectaba estudiar para cura; ni el ùnico policía de punto y coma del municipio, porque “se lo prohibía la ley”; ni, finalmente, “el viejo Arenas”, barrendero de la calles del pueblo, porque cruzaba por  una edad en la que ya no podía ni sostener la escoba. Pero, en realidad, es necesario decir que nadie quiso cederle el apellido  para evitar la inclusión en la línea hereditaria.
En medio de aquel silencio incòmodo que  reinò en la oficina tratándose de un niño gimiente y desamparado, por fin se escuchò la propuesta del jefe civil: sièndole inevitable encontrarse con la punta de la nariz, mirase adonde mirase, se inspirò en ella para sugerir como primer apellido “Narizòn”, y asì quedó en constancia.
Pero, por piedad cristiana no era conveniente dejarle sin apellido paterno, porque en esos tiempos si bien no era pecado mortal procrear hijos fuera del matrimonio ni dejarlos fenecer en abandono, sì lo era mentarse como hijo “ilegítimo”. Baldòn que hubiese hecho de la  vida del niño un infierno, ante la Iglesia, ante la sociedad y ante las autoridades civiles y militares.
Asì, pues, le fue asignado el apellido, poco gracioso por cierto, de “Tapada”, porque la mujer del jefe civil padecía de congestiòn nasal crònica; y ello cuadraba con el apellido  “Narizòn”. Como una adivina tuvo un chispazo al ver al niño, vaticinò que sería famoso, por lo que le convenía un apellido largo y sonoro. Alguien propuso que fuera “Cuero”, y Cuero quedó, para perpetua memoria: SATURNINO NARIZÒN TAPADA Y CUERO, quien habrìa de figurar entre los literatos màs leìdos de  en el Siglo de Plata, y a tal punto que Francisco Villegas lo incluirìa en sus “Alabanzas Literarias”.
Tal vez convenga agregar que el pueblo de La Caballa estaba ubicado al pie de la Sierra de la Llorona y que era el único centro que, en mil  leguas a la redonda, contaba con una jefatura civil; una plaza-potrero donde amarraban las bestias los domingos mientras se celebraba la santa misa;   un dispensario donde prestaba servicios un barbero que también ejercía de mèdico, dentista, psiquiatra, partero y profesor universitario; un deàn que oficiaba de obispo cuando lo convocaban de la capital mediante mensajes de texto; finalmente, el “Quinteto Soplasopla”,  conformado solamente por instrumentos de viento. A cargo del Quinteto estaba la retreta que se dejaba escuchar los sàbados por la noche, entre 7 y 8.30, para alboroto de las palomas, los borococos y los murcièlagos, que espantaban a especialmente a las damas. A las 8.30 todos salìan en estampida porque el Padre Trejo aseguraba que a partir de nueve comenzaba el paseo de las ànimas.
El pueblo se expresaba líricamente a través de un poeta afamado, de nombre Torquato Bellacqua, caído, no se sabe cuàndo ni como, de una cigüeña italiana. Bellacqaua se destacarìa, no tanto por sus versos como porque también fungía de”pica-pleitos”, haciendo de las suyas como único gallo de ese corral.
Estos datos, al parecer inùtiles, los consigno para que se compreda la importancia de La Caballa, si se tiene en cuenta la guerra que se armò entre èste y los demás pueblos de la región cuando se hizo famomoso como historiador-juglar nuestro amigo Narizòn Tapada
La contienda la ganó –tenìa que ganarla porque sì- La Caballa, reconocida por la Real Academia de la Historia, indiscutiblemente, como cuna del conspicuo historiador Saturnino Narizòn Tapada y Cuero, tan itinerante como Herodo y tan emérito como Erasmo de Rotterdam.
Muy poco antes de morir, Saturnino tuvo a bien dejar en mis manos un extenso manuscrito, producto de sus correrìas por el mundo, que titulò, simplemente, REPASOS, pues no se atrevió a darle otro nombre, como Crònicas, Anècdotas, Relatos,etc.
Ya en el lecho de muerte, se incorporò y tomàndome por el cuello de la camisa me exigió que  le prometiera publicar los Repasos, por tratarse de su obra màs querida.  Como detesto hacer promesas a los moribundos, porque lo considero un vil chantaje, le respondì que “procurarìa”, si acaso, publicarlos por partes,  como yo lo juzgase conveniente y me viniera en gana…si es que me venía…



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